jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad/ madre e hijo

Hay festejos distintos. Yo, hoy, les contaré el mío. Porque es un milagro. Si pienso hacia atrás treinta días; que yo esté, ahora, escribiendo, aquí, en esta casa, es un milagro. Empecemos por decir que ni mis hermanos ni yo fuimos bautizados y que mi hijo tampoco. Él, además, tenía unos abuelos que ayunaban para Iom Kippur. Entonces  los dos festejamos porque el día está en rojo y corresponde: al fin y al cabo es un feliz cumpleaños. La cuestión está lejos de ser esa: no es el motivo el asunto o la adscripción al evento religioso. Muchos hay de agua bendita en la coronilla que serían echados a patadas del templo por el homenajeado mientras cargan las bolsas de sus incontables regalos. Nosotros no. No seríamos echados. Hemos andado demasiado descalzos sobre un piso astillado y ahora nos hemos detenido un instante a descansar. Y en ese exacto momento festejamos. Comimos, cada cual puso en su plato lo necesario y salimos en la noche silenciosa a caminar por esta parte de la ciudad en que las calles son laberintos enredados. Ya sabíamos que el Minotauro lo llevamos dentro y que no hay otro hilo que el que sepamos colocar para regresar. Así que anduvimos por ahí, en una noche fresca y estrellada, mientras la gente comía tras sus ventanas y nos llegaban los ecos de sus voces velados por nuestra risa. Que ese y no otro ha sido el milagro de esta Navidad: el retorno de la risa. Así, sencillo, la convicción de los límites, de los fracasos, del camino amputado y la risa como proyección y amuleto para futuros caminos que el propio acto de reír inaugura. Porque reírse de la vida y de uno mismo es poder dar un paso más allá, hacia donde no hay ninguna otra cosa más que caminar y reír y eso, justamente, es el milagro del día 24. Lo demás, lo que funciona como posible lastre amargo, se disuelve en el aire de la noche y en la risa porque no hay otra que seguir. Entonces regresamos y vimos una película en la que unos justos y valerosos soldados mueren por rescatar unas obras de arte que unos injustos y cobardes soldados habían robado para sí. Y hablamos de viejos museos, que visitamos juntos, en donde los justos y valerosos acumulan desde hace siglos lo que se llevaron de países donde se comportaron injusta y cobardemente porque así de relativo es todo, excepto la risa, claro está. Volvimos a comer alguna cosa. Era tarde y decidimos dormir y es la primera vez en la vida que soy invitada a dormir en esta casa. Es Navidad.

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