sábado, 20 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -9: Marsella

Marsella tiene un puerto en el que anclan los barcos marselleses y descienden su pesca. Los pescadores gritan y hay olor a peces y  agua mezclados con las voces. 
Desde una colina, arriba de un alto pedestal Nuestra Señora con su niño peronista en brazos mira la gente circular por caminos sinuosos al borde de las aguas mientras los hornos de navettes saben a azahar y a calor endulzado de naranjas. En el cour San Julien sirven unas copas con jugos misteriosos de ciruelas extrañas y una podría perderse subiendo y bajando las escalinatas del Panier hasta dar con ese sucuchito donde venden un cubo de jabón que durará más que nosotros mismos. 
En la Charité han hecho un museo donde las culturas mediterráneas depositaron sus restos y hay marcas de los pies con que Odiseo y más tarde Eneas marcaron estas tierras.
Me gusta estar en Marsella: es la tierra donde vive mi hermano, es la mirada perdida en tantos textos, es el amor que siento sin condiciones por mis dos sobrinos que nacieron en sus calles pequeñas. es un lugar donde voy para sentirme querida por la exigua familia que me queda (sin relatos siniestros, sin aullidos de muerte, solo con el afecto que ellos y yo nos tenemos a través de mares y de océanos). Marsella es un lugar donde me sé feliz, en toda circunstancia: y tiene la exacta dimensión de una alegría: intensa y unos días.
Así que Pablo, su dulce (y desconocida para mí aún) Anna -a quien quiero a través de palabras-, mi amada Maïa y el pequeño Andréa estarán en los rostros que yo mire sedienta cuando el avión toque tierra francesa. Falta una nada. Espérenme, los quiero desde siempre y hasta que dure este infinito. Espérenme. 

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