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Mostrando entradas de 2015

Otra vez

Detrás del pico y la pala de la tristeza/ detrás de las hordas de la muerte que llegan a matar/ detrás de las cenizas de un pasado que se hizo erupción/ vendremos para sembrar la vida/ otra vez/otra vez/otra vez/

Clara Anahí, la Muerte y el nido de los pájaros

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Era la Muerte un hombre ensangrentado, con charreteras y uniforme verde. Clara Anahí no podía saberlo: en su pequeño mundo de leche y de sueños había una mamá que sonreía, una papá alto y flaco, uno que otro tío y una abuela de lentes. No podía saberlo cuando volaron su casa por el aire y Diana la cubría con su alma. No podía saberlo cuando la Muerte se la llevaba en andas. Buenas noches, dijo la Muerte, acá yo soy la dueña del destino: digo y desdigo, hago y decido. Y Clara Anahí se perdió para siempre, en el tiempo y en todos los espacios. A Diana la mataron aquel día terrible de noviembre , a su papá Daniel unos meses más tarde. Y Clara se perdía: ella deseaba regresar a su casa, pero la Muerte se fue comiendo las migas que su abuela le puso mientras decía que es por acá, Clara, es por acá. Y Clara se perdía en su mundo de leche y de sueños. Sin embargo, en el árbol donde anidan los pájaros de los recuerdos, ese que a veces no sabemos ni dónde lo dejamos, había un pájaro papá de a…

El precio del aceite

mientras la calle se cubre de flores amarillas
yo
me pregunto
cuánto costará el mes próximo
una botella de aceite
pasan los autos
y las flores inician un vuelo de libélulas doradas
una simple botella
otra baldosa que habrá que pensar  en saltar
el cielo celeste de esta madrugada
y el trino hilvanado de los pájaros
el aceite que quién sabe cuánto dinero deberé abonar
el albañil que iba junto a mí en el tren
que verá desde afuera la casa que ayuda a construir
la maestra que se guarda en su casa una moneda para darle al chico que vende chupetines
y yo
el cielo azul
las flores amarillas
y otra vez el aceite
en botella
mientras los autos pasan
y la vida se enrosca como una tapa
sobre los días
repetidos
idénticos
exactos
tres gotas apenas
porque quizá no haya más
amarillas las flores
como el hilo de aceite
que no puede saber cuánto lo tendré que pagar
porque él es
repetido
idéntico
exacto
cambia la luz y cruzo
el mundo debería ser previsible en ciertas circunstancias
para que el albañil, la…

El cumpleaños de la abuelita URSSula

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Los siete de noviembre en mi casa había fiesta.
Yo usaba trenzas y mi madre ponía una torta en la mesa.
Era una torta roja.
Siempre.
Y tenía una hoz y un martillo.
Amarillos.
Siempre.
Mi madre repartía regalos, seguramente envueltos en papeles al tono.
No lo recuerdo.
Y cantábamos una canción que hablaba de los parias de esta tierra que debían unirse.
Yo no entendía bien para el pararse si sentados era bastante más cómodo.
Mi madre nos hablaba de unos niños que llevaban unos pañuelos al cuello y que eran perfectos.
Yo me miraba las medias bajas, los zapatos que a veces chancleteaba, el pensamiento rebelde y pensaba que jamás sería una niña konsomola y estaba, de por vida, expulsada del paraíso que narraba mi madre.
Mis hermanos comían, ajenos a épicos relatos de otros fríos; pero yo me decía que quería ser como Liubka, la de La Joven Guardia, que era bella y le ponía bombas a los alemanes que querían entrar a Stalingrado.
En el cuarto de mis padres, detrás de una pared secreta, estab…

Nieto 118

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Ayer cuando puse #118 en mi Facebook pensé qué país el nuestro que una pone un número solito y despojado y los corazones se ponen contentos como si encerrara un prodigio cantarino en sus tres dígitos. Y pensé que a mí no me importaba mucho la militancia anterior o no de los Kirchner en derechos humanos, porque lo que habían hecho era mucho muy importante: los habían transformado en política de Estado y eso -si hubiera sido tan solo eso- para mí valía un aplauso cerrado y de pie. Yo me acuerdo muy, pero muy bien de los años democráticos en que los 24/3 no éramos tantos, en que salir a la calle era con viento en contra, en que se indultaba, se perdonaba, se decía que era necesario pasar de página y que ya estaba, así, sin cárcel ni justicia. Yo me acuerdo recontraclarito y con todos sus detalles. Y ahora pienso en el nieto 118 que vive lejos y al que lo espera una historia dura, difícil porque todos pensamos mucho en los que no están, pero, a mí, a veces se me da por pensar en los efe…

Mi amiga Vera

Vera es suave como una paloma acurrucada. Y es mi amiga. No solo eso, hoy supe que yo también soy su amiga. Ahora que ha comenzado a hablar miramos ilustraciones en mi ipad y conversamos sobre gatos y peces. Por primera vez hemos hojeado juntas un libro de poemas y encontramos en los versos una buena justificación para andar descalzas. Vera mira Paka Paka porque dice que es lindo y me enseñó un dibujo animado de unas marmotas y de una niña que se llama Lila. Le cocino puré y nos sentamos en el jardín a hacer un pic nic. Le gusta que le masajee los pies y se ríe cuando decimos Wanchope a coro. Cuando sea más grande y se anime, vendrá a dormir a mi casa, como suelen hacer las amigas que se quieren. Yo, mientras tanto, siento que las circunstancias de la vida alejaron a mis sobrinos a territorios ultramarinos, pero, en compensación, han dejado en mi corazón la suavidad acurrucada de Vera.

¿Por qué voy a votar a Scioli?

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Porque escribí libros de Lengua que el Ministerio de Educación repartió gratis en cientos de escuelas públicas.
Porque escuché a una maestra en el Chaco cuando me contaba de una alumna que siempre tenía la netbook enchufada para llevarla cargada a su casa donde no tenía luz y estudiar sin gastarle velas a la madre.
Porque vi, en el sur, a una piba, en medio de la nada, con su netbook conectada a un panel solar estudiando.
Porque tenemos el calendario de vacunas  más completo de Latinoamérica.
Porque se repartieron nueve millones de libros de literatura  para los chicos a lo largo y a lo ancho del país.
Porque tenemos un Centro Cultural bellísimo donde todas las actividades son gratuitas.
Porque los derechos humanos fueron reivindicados como política de Estado.
Porque no creo que Scioli y Macri sean lo mismo: ninguno hará la revolución que soñaron mis padres, es cierto; pero Macri me deja a miles de kilómetros de esa utopía y Scioli, unas pocas estaciones más cerca.
Porque no quiero v…

De los sueños y las casas

¿Qué es un sueño? En principio algo íntimo, personal. Yo sueño, por ejemplo, con comprar un terreno y levantar una casita, pequeña; pero que tenga un patio o un jardín diminuto y enormes ventanas por donde pase el sol. Algo modesto, se entiende; pero que pueda dejar como legado. Ese es mi sueño.  Y para que sus sueños se hagan realidad (porque de eso se trata) una hace unos números, consulta, diseña, planifica, piensa en las horas y las trabaja sin prisa y sin pausa porque los padres le enseñaron la fuerza del esfuerzo aunque, en este caso, se trate de trabajo intangible, falto de materialidad, pero que conlleva sus horas de cansancio (como todo trabajo). Pero esa es tan solo la quintita de una, el sueño privado, si se quiere. Para que haya esa casa, el sueño ha de ser colectivo, inserto en otros sueños, plantado en una tierra en la que todos podamos esforzarnos para alcanzar la casa, el pan, el pupitre en la escuela, la vacuna en el brazo.  Y yo venía andando, digamos que tenía los …

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 3

Los balotajes tienen sus meandros, pero con mayor visibilidad ostentan sus meaderos públicos y ostensibles. Es hora de limpiar el baño y pasar a la cocina o hacerse a la idea de que seguirán prometiéndonos cloacas para todos y todas.

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 2

Caminar con viento a favor es fácil. La cuestión es llegar a destino cuando el huracán sopla en contra. (De pronósticos meteorológicos y otras yerbas)

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 1

Los saltos al vacío son fascinantes: por algunos segundos te parece que, finalmente, lograste volar.
Pero, en el fondo del precipicio, agazapada, siempre te espera la ley de la gravedad.

Mucho más temprano que más tarde se abrirán las grandes alamedas

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En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor. [...] El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor. Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para de…

El viento o la veleta

Como el mundo es redondo se aconseja,
no situarse a la izquierda de la izquierda,
pues, por esa pendiente , el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.

Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.

Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.

Esas raras maneras del hartazgo
suelen ser distracciones pasajeras,
síntoma tipo de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.

¡Hay que ser consecuente con la furia!
Escoger entre el viento o la veleta.

Armando Tejada Gómez

La barbarie, siempre la barbarie

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Los civilizados practican la ideología de la desideologización: no sudan, no gritan, no se apasionan. No tienen compañeros: solo saludan vecinos a los que los unen la proximidad geográfica, la medianera, la ligustrina del jardín. En su mundo no hay grietas porque se ocupan de barrer las sobras y las discordancias debajo de la alfombra. Hacen negocios con lo público y denostan la ayuda social porque, desde siempre tuvieron un plato de comida para arrancar el día. Los que no llegan, para ellos, es porque no lo quieren: el mundo siempre fue así y la pobreza es parte constitutiva y normal de lo real. La barbarie ha andado sola desde que a Mariano Moreno lo hundieron en las aguas y a Castelli le cortaron la lengua. Ha deseado en la oscuridad un mundo mejor. Quizás no sea este, pero se le parece bastante. La barbarie ha sido fusilada, bombardeada y desaparecida por el mundo de la civilización, esa que preconiza la concordia y los buenos modales. Ha sido hambreada, raleada, le prohibieron d…

Hay que pasar el invierno

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De pronto se acabó el verano.
Y hay -otra vez- que pasar el invierno.
Y volverá a hacer frío,
la sopa será escasa y no habrá gas para calentarla,
y zurciremos el saco que zurcimos hasta hacerlo remiendo,
y no diremos nada sobre nuestra memoria porque estará prohibido,
y se hundirán las tablas que poco a poco habíamos ido levantando.
Hay que pasar el invierno.
No nieva aún,
pero cae una lluvia,
finita,
granizada,
que te taladra las vueltas de la pena.
A la final, vio, se trata de que la vaca se suelta de su atadura
y la conciencia se va con ella.
Es eso.
El pasto de la vereda de enfrente siempre es más verde.
Sobre todo en verano.
Y ahora
que hay que pasar el invierno:
se morirá la vaca de hambre y nosotros con ella.
Otro dolor y ya son incontables.
La escarcha quemará las raíces -por lo visto no eran muy profundas-.
Tiempos de puertas para adentro.
Y el viento que nos arremolina en los pie de página de la historia.
Otra vez.
Desde Mariano Moreno que sucede lo mismo.
Y no voy a llorar…

Eso no alcanza

DijoY el alma se rompió en astillas que cayeron debajo de los muebles. Después pasó la escoba la pala el trapo y quedaron las huellas de tanto que no alcanza. Y a Miguel por doler le dolía el aliento Pero no alcanzaba Y eso era tan solo todo, Miguel, Con tres heridas: la de la vida, la del amor, la de la muerte.

22 de agosto de 1972/ Trelew/ María Antonia Berger

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Yo era adolescente, pero es como si fuera hoy. Estábamos en un patio y hacía frío. Las medias tres cuartos y las rodillas desnudas, la bandera a media asta y gritábamos "Presentes". 22 de agosto de 1973: un año de la masacre de Trelew. Un mes después fue el golpe en Chile y empecé a militar; pero, de alguna forma, en el comienzo siempre estuvo Trelew y su memoria en mis rodillas heladas, en ese patio y en  el luto de esa bandera en la mitad del mástil ondeando en un día que yo conservo gris. Y cada vez que llega agosto, vuelvo a ese sitio, vuelvo a ese día.  Cuando me mudé a Turdera, un día me dijeron que en la calle de tierra, en esa cuadra, esa casa había sido la quinta de los Berger. Allí, María Antonia y sus compañeros habían estado una vez preparando una operación. Cuenta alguien que la casa tenía enormes bibliotecas y que él iba de libro en libro intentando reconocer quiénes vivían allí.  Cada vez que, al amanecer, transito esa tierra, cantan gallos en la casa de Marí…

El agua

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Le tengo miedo al agua. En realidad, no al agua exactamente. Le tengo miedo a sumergirme, a no hacer pie, a ahogarme. Es un miedo irracional, que no sé manejar, que me desborda. Necesito que mis pies toquen el piso y que mi cabeza quede fuera, sobre la superficie. Ni hablar de zambullirme y abrir los ojos para volver a ver cómo era allá abajo. Podría argumentar que a los cinco años, en una colonia de vacaciones a la que odiaba ir, me obligaban a meterme en la pileta dos veces al día y que cuando aduje que me dolía la cabeza, los profesores me arrojaron sin piedad a la parte profunda. Aún recuerdo los manotazos por alcanzar el borde y el agua vista por debajo entre la turbulencia de la desesperación. Claro está que no pude superarlo, aunque lo he intentado en numerosas veces. Algún día me rendí a la evidencia de saber nadar, pero solo donde toco el fondo.  Y a la vez, nada me fascina tanto como el agua: esa ausencia de ruidos, la profundidad mojada y espesa de la luz en los fondos azu…

Enseñar a leer: del solipsismo al ágora

Nos quieren hacer creer que las nuevas tecnologías y el supuesto manejo que los chicos tienen de las computadoras podrán hacernos prescindir de los maestros, vistos como simples receptáculos de datos que hoy están al alcance de la mano de cualquier chico y en cualquier lugar -dos conceptos discutibles de a uno por vez-. Esta visión postula un ser humano capaz de abastecerse a sí mismo, encerrado en un cubículo -real o imaginario-, que no necesita nada más que una conexión a Internet para acceder a la información. En esta concepción de la enseñanza, los maestros solo tienen una función que consiste en ser los que faciliten los instrumentos para procesar la información que provee vertiginosamente la sociedad mass media. Esta mirada -el lado capitalista de la educación- plantea un vínculo entre un producto -la información- y unos consumidores -los niños, adolescentes y jóvenes-, en el que los adultos proveen las herramientas que permiten optimizar el consumo para que no se pierda ni tie…

Reinas de Retiro

Son las dueñas de un feudo de diez inodoros y cuatro lavabos y lo administran con un sutil ejercicio de trapo y balde mientras conversan echadas contra un ventanal por donde no entra la luz del amanecer a las siete. Nosotras, ciudadanas de un mundo sin reinas, hacemos fila en la puerta, en el límite exacto del umbral, donde ellas nos autorizan a franquear la frontera y nos indican un número de puerta por donde entrar. Las puertas siempre son dos, aunque hay diez. Eso les permite ejercer el poder en forma discrecional: ni las urgencias, ni los embarazos, ni la vejez, ni los niños hacen subir la cuota de dos que ingresan al grito de "La que sigue" y el número de cubículo al que penetrar. Mientras tanto, ellas se ríen en el ventanal y hablan como monarcas que invisibilizan a sus súbditas momentáneas. No existimos cuando estamos ahí y ellas se cuentan sus secretos a los gritos sin que dejen de ser misteriosas y escondidas. En la mesada de mármol hay un plato para depositar la mo…

Carámbanos

El primer deseo, sí, ese. El primero.
El que estaba allí. Desde antes incluso. Pero no fue posible. Y lo doblás: escrito en un papel con tinta azul. Entonces no sabías escribir. No importa. Es una historia. Todos tenemos una. Y un deseo primero. Hay muchos huecos en el viento por donde sopla el frío.  No era el inicio perfecto de la vida. Los niños, solos, se duermen en su cuna. Y unas estalactitas penden de las barras. Son como cárceles de hielo sus camitas bordadas. Dónde escribieron que una madre te ama. Se expande el miedo sin el límite que le impone el abrazo. ¿Comió? ¿Tiene pañales limpios? Otra vez en su cuna/ carámbanos de frío.  Y un deseo primero: dos, tres. Que te roce esa mano. La soledad es una zorra que se lleva un queso. Y vos mirás las uvas. Y nieva como si fueran días en la cárcel de esa cama de sábanas bordadas.  No existen las palabras. Por eso, quizá, te habiten como hormigas, proliferadas, múltiples, calientes. No hay peor agonía que ese papel doblado y la ausenci…

Nadège

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La traje en brazos y asustada. Eligió mi cuarto para refugiarse y desde allí atreverse a un espacio, extraño e inconmensurable. No es una gata niña, como lo fue siempre Margaux: es una gata sabia. Mira el afuera con atención como si estuviera evaluando sus posibilidades de aventurarse en él sin correr riesgos mayores. Es tibia e increíblemente suave; y comunica, sin vaguedades, lo que desea: que le acaricie el vientre, que le acerque mi cara para lamerla, que la oculte en mis brazos, que la deje bajar. Margaux, rechazada por su madre, carecía de anclaje desde dónde poder enfrentar árboles altos o autos asesinos; Nadège busca -con cierta efectividad- que los perros la acepten y jueguen con ella; que Lou se digne a perder su actitud de tía ofendida y estoy segura de que lo logrará. Como fuera, en estos días que, a veces, se nublan y me hacen llorar, Nadège ha venido a ocupar su lugar: yo necesito que me quieran sin cuestionamientos ni reclamos, que me acepten y me desnuden la ternura q…

Los pasillos.

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En estos días -largos y repletos- he pensado en vos.  Ayer, por ejemplo, algo parecido a tu perfume me asaltó al dar la vuelta en un pasillo: doble gancho a la mandíbula y un esfuerzo desesperado de mi parte por quitarte de encima mío.  En otras circunstancias es una puerta entornada y el recuerdo de un patio en Colegiales que podría describir, pero por la cual temo -todavía- asomarme. Hay memorias incómodas, mamá, que una no sabe bien en qué sitio de su conciencia darles alojo. Hay frases que se estiran hasta anudar el cuello de donde seguís tirando. Como fuera que sea, te alojás en un vacío que me resulta insostenible, pero no puedo darte forma: ni a un lado ni al otro te resignás a ocupar tu lugar e ir, lenta, volviéndote humo. La lista roja es infinita: esas escenas de las que soy parte y veo desde afuera, las otras que quise habitar y de las que una y otra vez me expulsás. No es que te extrañe a vos, a vos concreta: tus ojos, tus manos, la espesura liviana de tu cuerpo. Extraño …

9 de julio: de cómo me aventuré en el terreno de la escritura.

Cuando yo era chica, el agua de los cordones se escarchaba. Los 9 de julio, en la escuela pública a la que iba, había acto. Clarisa, que fue como una mamá que trabajaba en mi casa y nos cuidaba mucho, me planchaba el guardapolvo con tablas y la cinta azul, me mandaba a lustrar los zapatos negros con presilla  y me acomodaba -como podía- el desorden de rulos detrás de una vincha blanca. Yo me iba con mi papá al acto; porque él siempre estaba en la Cooperadora de la escuela, y, después de la conmemoración, ayudaba a servir chocolate caliente y a repartir alfajores. Yo pasaba de la leche porque la nata me daba asco; y guardaba el alfajor para mi hermano más chico, Pablo, que moría por los de dulce de leche. Me ponía en la fila, le pasaba el vaso de chocolate a algún varón deseoso y metía el alfajor en el bolsillo para Pablo.  En los actos siempre me tocaba actuar: supe hacer de naranja del Mono Liso, de flor en otra de la Walsh, de Remedios de Escalada... pero seguro que el 9 de julio n…

El horizonte

Yo, Kublai Khan, llevo ya muchos años de caminar arriba de un abismo, de ver las piedras como dagas con sus puntas de vidrio y seguir, de hilar una sangre tortuosa que pone el corazón como una oscura fiera encima de la mano, de pensar que ahora me asaltará la muerte en medio de mi vientre y barrerá con todo dejándome perdida en medio de un desierto hecho de sal y fuegos. Y sin embargo he andado un día y otro día y uno más, casi arrastrando un cuerpo que ya no tiene ni siquiera una sombra con que ampararse en las tardes sedientas. He andado porque supe, intuí, lo soñé, que hay un horizonte donde crecen dos álamos de plata y allí estarán aquellos que he amado para abrazarme y compensar las penas con que anduve cargando los años de la vida que me tocó arrastrarme solo para llegar y ver que hay un círculo de agua en donde hacen abluciones las alondras y yo estaré allí para mojar lo que quede del cuerpo. Después.

Mañanas de tren

Tomo el de las 7:05. La estación es una ballena negra de hierro y por sus venas corren las formaciones iluminadas como serpientes de calor. Camino por el andén dejando atrás las boleterías, los bares en penumbras donde despachan un café tortuoso y las librerías cerradas a esta hora. Meto la mano en mi bolso y saco un paquete plateado con un sándwich de queso que mastico como si fuera el día que comienza. Los vagones azules huyen hacia un punto de fuga y me resisto a ser devorada antes del penúltimo vagón. Del sandwichito ya no queda nada cuando me siento y abro el termo de café. El tren arranca. Por la ventana derecha -a como sale el tren- el cielo es una banda roja donde los pájaros se sumergen en la sangre del sol. Si miro el otro lado, en la oscuridad veo otros vagones en otras vías como casa encendidas en la oscuridad. Pongo la radio y dejo que las noticias se lleguen hasta mí. Suave despierto al mundo una vez más. La ciudad se va llenando de ventanas amarillas y autos de ojos ro…

Planes

Soplaré hasta que quede libre el suelo de basuras (lo que intento decir es simple y literal: el barro, los residuos, las miradas perdidas, las palabras no dichas, los gestos suspendidos, el perdón que no dijo, el dolor y la herida). Después estiraré los brazos y volaré muy lejos, liviana y en el viento. Solo eso.

Nunca fui peronista

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El invierno. Hay que pasar el invierno. Y más si trae sangre. Hay que pasar la muerte que viene desde el cielo como una peste bíblica.  Y los muertos regados, tristes flores sin sus raíces ciertas. Los brigadieres tiraron sus aviones y su lluvia de fuego. Y cayeron los pájaros como si fueran piedras. Y la gente corría atravesada por la lluvia de bronce, por la luz de las balas. Después -siempre hay un después cuando cae la muerte- no había quién llevara la cuenta:  ¿Mil cabezas deshechas? ¿Cien docenas de piernas? ¿Dos millones de venas? Hay que pasar el invierno. Y en las tierras del miedo dura la muerte infinitos solsticios antes de fugarse del ruedo. No alcanzan las alfombras para ocultar la mugre que rueda como una sombra insomne en la Plaza en que brota la sangre. Esta es la historia. Yo no soy peronista: tan solo sé quién ha puesto los cuerpos, quién traspasó el invierno, quién se hizo primavera aquel día de junio.

Pastelitos de manzana

Puede ser que ahora esté lloviendo. La verdad, no lo sé. Allá y acá son sitios tan distintos como un otro y un yo. Lo que sucede o sucedió es un dato intransferible que cubrimos con palabras para que el verbo sea un puente y alivie, al menos, lo inevitable del dolor. Como cada vez yo estoy -acá o allá-: a eso se resume haber parido, a dejar los pastelitos de manzana para una próxima vez.

Mi familia

Tengo una familia pequeña: Un padre que ya ha muerto. Un hijo que es carne de mi alma. Unos hermanos lejos. Unos sobrinos que amansan mi dureza. Ellos tejen el abrigo con que yo miro el mundo.

Clase de costura

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Un pájaro se ha posado en el borde de las horas.
Enhebro la aguja con un hilo de sangre y la penetro en la masa compacta de la tela hasta el final.
El hilo pasa.
El pájaro se acomoda y deja salir su caja de sonidos como un torrente precipitándose hacia las hojas amarillas.
Ya no quedan más verdes, pero el pájaro suda un rocío turquesa en su pecho de fuego.
La aguja entra otra vez en la tela: emerge con su punta de acero y el hilo como una frágil vena por detrás.
Una puntada y el pájaro que canta como si solamente fuera un gorjeo de luces y de sombras, un corazón batiendo sobre la tela apresurado, un animal que cabe en un dedal.
Da unos saltos apenas, casi unos saltos, un respirar y la aguja que rasga la superficie hasta que queda su cola de algodón que pasa y vuelve y pasa y vuelve como la música del ave que se acerca y se aleja según la lleve el aire sobre las hojas doradas del otoño que no se anima a ser.
El hilo se vierte sobre la tela en pasos diminutos: saltos también de una agu…

Carta a una señorita en Marsella /4

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Mi querida Maïa:
He estado pensando que las familias tienen historias que se pasan de boca en boca. He estado pensando que estamos lejos, pero que eso no significa que vos no puedas escucharlas y aprenderlas. He estado pensando que las historias familiares son las que nos permiten elegir quiénes queremos ser  ya sea porque las creemos y repetimos o porque las rechazamos y preferimos cambiarlas. Como fuera que vos resuelvas hacer, voy a contarte lo que yo sé de  nuestra historia. Es,  como todos, un relato parcial. Tu papá, si hubiera prestado atención, habría podido completarlo; pero estuvo atento a otras cosas (y lo bien que hizo);  así que  solo sabrás lo que te diga yo. Algún día vos se lo contarás a tu manera a tus hijos y el relato de nuestra familia perdurará en el tiempo.  Los Pinasco, aunque vos no te lo puedas imaginar, venimos de un lugar que está mucho más cerca de Marsella que de Buenos Aires. Tu tatarabuelo Lorenzo Pinasco nació en Cogorno, Italia, a escasos kilómetros h…

Querido Julián

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¿Qué hacés, pibe?
No sabés lo que te estás perdiendo.
Sí, es cierto, pasaron tantos años, tantos miles de años desde que te sacaron de ese lugar y te tiraron al mar creyendo que te borraban para todos los días que quedaban en el mundo.
¿Habrás podido mirar alguna vez afuera, por esa ventanita, para olvidar que tenías tan solo dieciocho y que mis dieciséis te buscaban sin poder dar con vos?
Hoy, cuando miraba estas fotos, me imaginé que ellos nunca supusieron que, al arrojarte de ese avión, vos ibas a cubrirte de canto para volver a posarte, bajo la lluvia de hoy, y gritar, con esa voz que ahora se me antoja tan pequeña, quizá porque he alcanzado una edad en que podría ser tu madre, pero no.
¿La viste, no?
¿Viste a las madres amigas de tu madre que se murió de pena porque eran otros tiempos y nadie las oía?
¿Las viste andar por esos edificios que pudrieron tu cuerpo nuevecito?
Che, ¿eras vos, no? ¿Eras el que cantaba en la primera fila?
Lo sabía, Julián.
Siempre lo supe. Solo faltaba …

La escuela: entre la jaula y la nada

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Este enero, en Marsella, iba con Maïa por la Rue Saint-Benedict a buscar a Owotchitchi a su guardería y le pregunté: -Y hoy, ¿qué hiciste en la escuela? -Nada. No hicimos nada. Como tantas otras veces, esa respuesta me sobresalta siempre. De 8 a 16, nada. ¿Nada de nada o nada que resulte significativo entonces es lo mismo que dejar pasar las horas hasta que suene la hora de la Liberación (así con mayúscula y en Francia)? Nada. Después, preguntando un poco, la nada se había compuesto de algunas cuentas, las batallas de Napoleón y un cuento  que había leído la maestra y que la había puesto un poco triste. A esta imagen se superpone otra, en Barcelona, camino al parque Güel, por una cuesta, justo al salir de la avenida y un día sábado soleado. Una escuela, silenciosa y cerrada, con altas rejas que se doblaban perpendicularmente en una especie de jaula alta que, supongo impediría salir las pelotas en el recreo -y los niños en esas horas de nada, agrego-. Se ve que, mientras viajo, yo no puedo d…

La muerta

Lo que está es esto: el silencio.
El resto es una serie de malentendidos como hojas en una tormenta de repente.
Y una desidia que es escarcha y lluvias de agosto en medio de la calle y un bondi que se ha muerto. Habrá que caminar para alejarse preguntándose cómo es posible que el murmullo infantil sea ya esta cosa con tamaño de monstruo debajo de la cama, de la piel, de los ojos.
¿Dónde quedan los hijos, no los propios/los otros? ¿Por qué yo pienso en ellos como nadie pensó en mí, entonces, bajo la ingrata lluvia que llovía el silencio?
Hay una muerta que habla.
Ella que era siempre una niña sigue cavando fosa.
Escribo para ahuyentar sus dedos, su aliento, sus ojos desgarrados como agujas.
De un lado tanto amor,
y del mío esta nada.
Quisiera desprenderme pero llueve, y no hay nada -más allá de la muerta- que pudiera hermanarnos.
Cae la noche.
Y con ella el silencio.

La red y la llave

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Mi madre tejió una red de secretos en la que -soñó- yo quedaría atrapada para siempre. Lo que nunca supo fue que ella misma me entregó con las palabras escritas la llave con la que yo lograría huir. Ese fue su único acto de amor.

El maestro lee

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El pibe lo mira leer. Desde el fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia). Lo ve sonreír y escucha la quebradura de la voz. Y piensa qué tendrán las letras que pueden mover esa emoción, qué pasará en su cabeza cuando lee, por qué será que le gusta leer, cómo es que no se aburre, se harta, se distrae como me pasa a mí, y si hay algo que no estoy viendo yo y que él sí cuando dice esas palabras que necesitó decir otro, cómo es esto que se le llena la boca de agua si dice río y yo me quedo en la orilla, con sed y con calor. Se acurruca en el banco para ofrecer resistencia: no quiero ser como mi padre es ni tan siquiera pensar las cosas que él grita, ni llorar como mi madre cuando cree que nadie la escucha, y si la clave está en las palabras que este hombre, ahí, nos está leyendo a nosotros que parecemos indiferentes, que hacemos como si no nos importara lo que ellos tienen para decir. ¿Ellos, quiénes? ¿Mis padres? ¿Mi hermano que vuelve cansado de tanto trabajar y no quier…

Accidente de tránsito

En la 9 de julio y Diagonal hay un hombre que dice
sobre el asfalto dice
y la gente lo mira
desde la orilla
sin acercarse
y el hombre dice
y los autos que pasan
Llega la policía
y el hombre dice
y la gente camina alrededor
y lo mira
a veces
y a veces pasa
y no ve
y no escucha
y salta el cuerpo ahí
sobre el asfalto
desde la orilla
que se llama cordón
y los anuda
y el hombre dice
se arremolina el tránsito
los que tocan bocina se enardecen
los que no tocan suspiran furibundos
se oye una ambulancia
y a duras penas algunos se corren
dejan pasar
es una ley
y nadie quiere ir preso
llegar tarde a la cena
perderse los gritos en la tele
no mirar a los hijos
no hablar con la mujer o el marido o el gato
y el hombre
su cuerpo ahí
debajo de las ruedas
el hombre dice
y atrás el obelisco
y los semáforos
y alerta el amarillo se dispara
y pasan raudos hacia otro lado
y el hombre dice
en un charco de sangre
de pena
de dolor
algunos piensan no me tocó a mí
ya pasó la muerte hoy no me tocó a mí
no me tocó