viernes, 16 de enero de 2015

Un viaje/ Día 16: El otro

Viajo en el tren que me lleva de Marsella a Barcelona. A mí lado se sienta un hombre joven que reza con los ojos cerrados cuando el tren sale. Cada tanto pliega el torso y baja la cabeza como si le agradeciera a Dios. Pienso que no tiene más de treinta o treinta y cinco años como mucho. En Aix sube una chica rubia, a cara descubierta. Se miran. Me pregunto cómo hace este hombre para vivir en esta sociedad que se da de bruces con sus preceptos religiosos. Europa ha hecho (y hace) mucho daño concreto y, en algún punto, pensamos que debe pagar por lo que hizo, por lo que hace y aceptar, integrar, incorporar, devolver lo que robó detallada y concienzudamente; pero, ¿y el otro? ¿Cómo integrarse a una comunidad en la que las convenciones y costumbres son otras siempre? Y no solo otras, la mayoría de las veces son radicalmente antagónicas. La integración se torna complicada: no se trata de rezar o no rezar, sino de compatibilizar dos cosmovisiones opuestas. ¿Cómo se lleva la vida en lo cotidiano cuando las ideologías existenciales son incompatibles? Hay un espectro en que lo privado es privado y otro en el que anda rozándose como ahora mi brazo desnudo con el pullóver de este hombre. Y, a esto, además, se le suman cuestiones económicas, geopolíticas, de peso incalculable. Europa también olvida sus propios fanatismos, los pasados y los actuales. la mezcla se torna de difícil estabilidad. Como broche, en Figueras, suben al tren tres policías españoles que han de tener la misma edad. En el vagón repleto solo le piden pasaporte el rezador. 

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