domingo, 18 de enero de 2015

Un viaje/ Día 19: A Burgos

El tren sube con esfuerzo por campos verdes y amarillentos. El cielo está gris y atrás va cayendo la tarde. Los arroyos bajan curvándose sobre sí para pasar bajo el tren. Hay poblados pequeños desparramados en la sierra que tienen una antigua tonalidad sepias. En todos, un racimo de casas, un laberinto de callejuelas y la iglesia. Al borde de la vía -como en todas partes- hay chozas de una miseria infinita. El espacio guarda cautivo al tiempo y en cada recodo pretendo que se desate un nudo y me sea dado entrever el pasado al que he tenido acceso en los libros. Ahora, yo soy Manuel Antolínez, el burgalés de pro, que acude al encuentro de quien será su señor. Me veo salir por las laderas en un exilio que han impuesto las intrigas de la corte y un rey que no supo estar a la altura de sus vasallos una y otra vez. Ha comenzado a caer aguanieve y no se puede estar más melancólico que estando aquí. Las huestes del campeador cabalgan todavía, Machado, pero se les ha olvidado el ciego sol. La niña rubia ya no tiene oro pálido sino carámbanos de tanto llorar junto a las vías en estos campos estragados de sal.

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