lunes, 19 de enero de 2015

Un viaje/ Día 20: La Patria desde enfrente

He sufrido a la Argentina. Me ha clavado sus dientes hasta hacerme sangrar y en cada dentellada se ha llevado una parte. He vivido de zozobra en zozobra. De mis andares por otros sitios, solo guardo una idea: si me fuera dado elegir, volvería a nacer en mi ciudad leonada, en sus calles simétricas, entre jacarandás y aromos, en tanto sitios sucios en donde apenas intenté ser real. Pero no hay descanso, no hay instante en que el remanso sea gozo y dure un poco más. He visto cuerpos lanzados desde el río, chicos con hambre, y un par de hijos de puta con la vaca atada y sin querer soltar. Yo no soy peronista, pero sé quiénes son los que -siempre- han puesto el cuerpo y han salido golpeados, torturados, diezmados, olvidados. Mis ojos ya son viejos y por eso algunas cosas saben. En todas partes hay personas que forman el barro de la historia, pero del barro se levantan las casas, los monumentos, los árboles, las frondas. No importa tanto quiénes estén sentados en tronos o sillones. Lo único real es el tipo que acá, con este frío atroz, hoy se ha levantado para amasar mi pan. Ayer, mi tren cruzaba el Ebro y recordaba yo. Esa es la historia, hecha de barro, de notas al pie, de ignorados infinitos, de fracasos que se tornan victorias. Esa historia nadie la escribe, pero millares dejan su sangre para que el mundo, que es bellamente perfecto, alguna vez sea un sitio mejor. 

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