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Mostrando entradas de febrero, 2015

Ahora hay un muerto

Ahora hay un muerto.
Solo.
Como siempre los muertos.
Mientras lo deshace la lluvia y lo cerca el silencio.
Nadie sabe cuál era su rostro de mañana,
con qué letra escribía su conocido nombre,
de qué pie le apretaba el zapato,
si soñaba al dormirse.
La muerte es una soledad que se llena de signos, que escribe los relatos a posteriori siempre, que corta lo sangrable de un inefable tajo y los vivos se adueñan de las palabras sueltas, las retuercen a gusto para que digan su lectura del muerto que se queda apretado sin poder desdecirse como hacemos los vivos porque la muerte es una araña siniestra y tempestuosa y el muerto se acongoja con todos silencios: desearían los muertos ser recuerdo en la boca, que la memoria vuele, que el río de la pena no lloviera en su tumba.
Ahora
(en este instante mismo)
todos ponen un muerto para torcer la historia que se escribe con otras circunstancias y andan, diciendo que es distinto porque ahora hay un muerto.
Y el calendario vuela porque hace 20 años tam…

Ahora los hombres duermen

Ahora los hombres duermen.
Y los perros se echan en las fronteras de la casa y del mundo.
Ahora la brisa conjura el aliento de la muerte y la aleja para que no haga pena.
Ondean los manteles  de la noche en los espejos acostumbrados de la mañana;
y huele a naranja, a caos de palabras que quedaron olvidadas sobre la mesa y se durmieron, así, amontonadas, promiscuas sin sus frases, desnudas y catárticas, presurosas y densas.
Ahora el sonido abre su abismo en el cántaro tibio de los pájaros que se hablan desde el olivo para desearse buenos días mientras los hombres duermen.
El césped, que se ha bebido el agua de esta madrugada, estira su verdor bajo el manto del sol y canta: son notas esmeraldas y turquesas en el pentagrama taciturno del viento.
Saco la silla al patio,
tiendo la ropa limpia,
borbotea la pava,
barro los restos de lenguaje perdido,
pienso en los escolares que silabean en otros territorios,
miro la delgadez  de un febrero que pasa,
le engujo la frente a la tristeza de la pa…

Amanecer febril

Sobre los márgenes púrpuras del día unos pájaros cantan sus notas amarillas y el día, lento como el vino en la copa, rueda entre las ramas y se hace sol. ¿Quién dijo que los chorros de agua que resbalan azules no son las músicas con que las horas buscan la tierra para dormir? Febrero vuelve a comer su furia y la devuelve convertida en calor.

Un tren

Yo quiero ver un tren,
llévame a ver un tren,
no los recuerdo yo quiero ver un tren.  Luis Alberto Spinetta
Atrás, lejano, perdido en el espacio nocturno y silencioso, oigo pasar un tren. Apenas un sonido que se pierde mientras la madrugada se calza sus zapatos rosados olvidados al borde de algún lecho. Se abren puertas que fueron cicatrices  y las sombras se mueven, lentas junto a los vidrios. Ha quedado la ropa por tender en su instante de agua. La palabra se queda solitaria en el borde de la frase que no termina de cuajar y el tren araña la piel de la mañana que no es, que limita aún con el escondite perfecto de las luces. Como si fuera verdadero, o pasado, o ajeno, el tren pasa con su confianza abierta en la otra estación, en las migajas de su esplendor sonoro que se aleja, en el día que -inevitable, se ha echado a andar.