domingo, 15 de febrero de 2015

Ahora los hombres duermen

Ahora los hombres duermen.
Y los perros se echan en las fronteras de la casa y del mundo.
Ahora la brisa conjura el aliento de la muerte y la aleja para que no haga pena.
Ondean los manteles  de la noche en los espejos acostumbrados de la mañana;
y huele a naranja, a caos de palabras que quedaron olvidadas sobre la mesa y se durmieron, así, amontonadas, promiscuas sin sus frases, desnudas y catárticas, presurosas y densas.
Ahora el sonido abre su abismo en el cántaro tibio de los pájaros que se hablan desde el olivo para desearse buenos días mientras los hombres duermen.
El césped, que se ha bebido el agua de esta madrugada, estira su verdor bajo el manto del sol y canta: son notas esmeraldas y turquesas en el pentagrama taciturno del viento.
Saco la silla al patio,
tiendo la ropa limpia,
borbotea la pava,
barro los restos de lenguaje perdido,
pienso en los escolares que silabean en otros territorios,
miro la delgadez  de un febrero que pasa,
le engujo la frente a la tristeza de la patria,
dejo que el día entibie los ángeles belicosos que nos cercan,
y me resbalo sobre los sueños en que los hombres duermen y el mundo se desliza sigiloso y pintado al agua.
Para el amargo sabor de los traidores ya habrá otro día con su collar de furia: hoy crepitan los verdes y es su fiesta.
Mientras los hombres duermen y los miedos se escapan

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