martes, 3 de marzo de 2015

Los llevaron por la coca y el choripán

En un rincón sus ojos hacen lagos.
A duras penas le han dejado espacio bajo el sol.
Escucha las palabras como zarpas : le dicen negra, de mierda,  te llevaron por la coca, te pagaron, te subieron, te pensaron/vos no sabés, nunca pudiste/ nunca decís/ otros hablan por vos/ bajá la cabeza, cabecita, choriplanera/ fue con mi plata, la que yo guardo, la que atesoro, la que te robo, la que no te pago: a vos.
El sudor la golpea, la enerva, la ilumina.
Del olvido le crecen mariposas, halcones, arañas putrefactas de la rabia y camina: ciega en su ira empecinada, en su conciencia de bestia dolorida, en su deseo abierto de cambiar.
Sí, piensa, me subieron al micro. Los compañeros me iban empujando porque se hacía tarde y su confianza me alzó para subirme. Mi viejo ferroviario muerto de pena en los 90 me subió. Mis pibes con zapatillas nuevas que no tuve me subieron. El duelo de mi vieja muerta de triste con la imagen de  Eva en el bolsillo me subió. Claro que me subieron. Porque tengo cabeza, sé leer y escribir.
Una isla de fuego que arderá a través de los tiempos y nadie apagará. Aunque lluevan cien días.
Una furia de barro brilla en la oscuridad.
Somos los animales aluvionales en la selva.
Y cantamos con ansia furibunda: subidos y bajados, alimentados de pasados infames, al borde de la historia, siempre la nota al pie.
Los parásitos engordan de tanto sufrimiento, de tanto pecho abierto, de tanta rebeldía, de torturados en las islas del Sur, de los ángeles que mancharon el cielo cuando los arrojaban. Tanto que los parásitos están ahora a punto de explotar.
Desde el rincón al que la empujaron, ella alza la cara y aúlla porque el lenguaje es ciego y ella tiene los ojos con que hay que mirar.

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