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Mostrando entradas de abril, 2015

La muerta

Lo que está es esto: el silencio.
El resto es una serie de malentendidos como hojas en una tormenta de repente.
Y una desidia que es escarcha y lluvias de agosto en medio de la calle y un bondi que se ha muerto. Habrá que caminar para alejarse preguntándose cómo es posible que el murmullo infantil sea ya esta cosa con tamaño de monstruo debajo de la cama, de la piel, de los ojos.
¿Dónde quedan los hijos, no los propios/los otros? ¿Por qué yo pienso en ellos como nadie pensó en mí, entonces, bajo la ingrata lluvia que llovía el silencio?
Hay una muerta que habla.
Ella que era siempre una niña sigue cavando fosa.
Escribo para ahuyentar sus dedos, su aliento, sus ojos desgarrados como agujas.
De un lado tanto amor,
y del mío esta nada.
Quisiera desprenderme pero llueve, y no hay nada -más allá de la muerta- que pudiera hermanarnos.
Cae la noche.
Y con ella el silencio.

La red y la llave

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Mi madre tejió una red de secretos en la que -soñó- yo quedaría atrapada para siempre. Lo que nunca supo fue que ella misma me entregó con las palabras escritas la llave con la que yo lograría huir. Ese fue su único acto de amor.

El maestro lee

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El pibe lo mira leer. Desde el fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia). Lo ve sonreír y escucha la quebradura de la voz. Y piensa qué tendrán las letras que pueden mover esa emoción, qué pasará en su cabeza cuando lee, por qué será que le gusta leer, cómo es que no se aburre, se harta, se distrae como me pasa a mí, y si hay algo que no estoy viendo yo y que él sí cuando dice esas palabras que necesitó decir otro, cómo es esto que se le llena la boca de agua si dice río y yo me quedo en la orilla, con sed y con calor. Se acurruca en el banco para ofrecer resistencia: no quiero ser como mi padre es ni tan siquiera pensar las cosas que él grita, ni llorar como mi madre cuando cree que nadie la escucha, y si la clave está en las palabras que este hombre, ahí, nos está leyendo a nosotros que parecemos indiferentes, que hacemos como si no nos importara lo que ellos tienen para decir. ¿Ellos, quiénes? ¿Mis padres? ¿Mi hermano que vuelve cansado de tanto trabajar y no quier…

Accidente de tránsito

En la 9 de julio y Diagonal hay un hombre que dice
sobre el asfalto dice
y la gente lo mira
desde la orilla
sin acercarse
y el hombre dice
y los autos que pasan
Llega la policía
y el hombre dice
y la gente camina alrededor
y lo mira
a veces
y a veces pasa
y no ve
y no escucha
y salta el cuerpo ahí
sobre el asfalto
desde la orilla
que se llama cordón
y los anuda
y el hombre dice
se arremolina el tránsito
los que tocan bocina se enardecen
los que no tocan suspiran furibundos
se oye una ambulancia
y a duras penas algunos se corren
dejan pasar
es una ley
y nadie quiere ir preso
llegar tarde a la cena
perderse los gritos en la tele
no mirar a los hijos
no hablar con la mujer o el marido o el gato
y el hombre
su cuerpo ahí
debajo de las ruedas
el hombre dice
y atrás el obelisco
y los semáforos
y alerta el amarillo se dispara
y pasan raudos hacia otro lado
y el hombre dice
en un charco de sangre
de pena
de dolor
algunos piensan no me tocó a mí
ya pasó la muerte hoy no me tocó a mí
no me tocó

Metafísica

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No hay otra metafísica que la del cuerpo.
Suda, se afiebra, tiembla, se ausenta.
Es sede del dolor: carne latiente que se agudiza hasta el delirio.
Es vorágine del remolino, del placer, de la angustia, del llanto que no deja mirar, del odio ciego que impide que se oiga no ya al otro sino a nosotros mismos que lo moramos ignorándolo hacia alturas profundas.
No hay otra metafísica: tanta que el cuerpo es inefable.
Oh, cuerpo/cuerpo mío, superficie y carne y vísceras por donde siento el mundo que se manifiesta con sus colores y sus ruidos!
Oh, cuerpo/cuerpo mío, donde pasó la muerte de los otros todavía y ya pronto la mía y será tan solo tierra, exiguo cuerpo mío.
No hay otra metafísica: tanta que no puede decirse, que se sigue ignorándolo, que se lo piensa vacío, cáscara de infinitos relatos que el mismo cuerpo anda, anida, finita.
Y es solo un duelo de células que pasan, que se empecinan, que se visten, desvisten y quedan ateridas en la lluvia.
De los ojos (globos de carne colorida y …

La flor bella y la tijera

Había una vez un hombre que encontró una planta con una flor que le pareció muy bella y se la mostraba a todos diciéndoles "Miren qué flor más bella he conseguido". Un día de invierno se levantó con fiebre y estornudando y cortó de un tijeretazo la flor. Luego comentó, a quien lo oyera, que le daba alergia y le había ocasionado aquel virus siniestro que lo tenía moqueando. La planta no dijo nada, pero evitó, desde ese día, dar flores bellas porque cada tanto regresaba a su memoria el ruido de la tijera al cortar.

Mañana

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Está húmedo y fresco.
Y verde.
Muy verde.
Tan verde como podría imaginar el fondo del mar.
Nadan unos pájaros por el cielo.
Se abren camino en el oxígeno con sus aletas de pluma.
Duele tanto impensado verdor.

Las dos gatas de Turderaville

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En esta casa supo haber dos gatas.
Una llegó a finales de octubre. Yo creía que iba a ser un gato y había pensado llamarlo Rojo. Cuando me la dieron inmediatamente le dije Lou. Llegó a casa ovillada en mi pecho, pero se desprendió de mí con velocidad. En primer lugar, porque eligió otro dueño -que no fui yo-; y, en segundo lugar, porque Lou es independiente y osada, poco dada al abrazo y las demostraciones de afecto intensivo. Desde pequeña se subió a cuanto árbol altísimo había en la casa, se peleó de igual a igual con los gatos del barrio y cazó pájaros para masticarlos, temblorosos y aún vivos, bajo la mesa de la cocina, en un desparramo de plumas y sangre bastante bestial. Es una gata distante y meditativa, solo querría dormir arriba de su dueño -si este se lo permitiera-,  no le gusta jugar con nada (como si fuera seria por decisión natural). En septiembre del año pasado fue madre de cinco cachorros -Flopi, Renée, Camilo, Enzo y Houston- a los que atendió con responsabilidad y d…