sábado, 18 de abril de 2015

El maestro lee

El pibe lo mira leer. Desde el fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia). Lo ve sonreír y escucha la quebradura de la voz. Y piensa qué tendrán las letras que pueden mover esa emoción, qué pasará en su cabeza cuando lee, por qué será que le gusta leer, cómo es que no se aburre, se harta, se distrae como me pasa a mí, y si hay algo que no estoy viendo yo y que él sí cuando dice esas palabras que necesitó decir otro, cómo es esto que se le llena la boca de agua si dice río y yo me quedo en la orilla, con sed y con calor. Se acurruca en el banco para ofrecer resistencia: no quiero ser como mi padre es ni tan siquiera pensar las cosas que él grita, ni llorar como mi madre cuando cree que nadie la escucha, y si la clave está en las palabras que este hombre, ahí, nos está leyendo a nosotros que parecemos indiferentes, que hacemos como si no nos importara lo que ellos tienen para decir. ¿Ellos, quiénes? ¿Mis padres? ¿Mi hermano que vuelve cansado de tanto trabajar y no quiere que nadie le hable y menos que menos yo? ¿Por qué el maestro nos lee tantas palabras que parecen que pesan, que nos aplastan? ¿Por qué se toma el trabajo de leer como si no se diera cuenta de que Sonia se pinta las uñas, Marco y Mateo conversan en voz baja desde que él empezó a leer y Bruno ya ronca llenando de baba el pupitre? ¿Por qué este hombre sigue leyendo como si nada existiera más que esas palabras, una tras otras que hablan de un río y una barca que llevan lejos? ¿Y si fuera que sus palabras , no las de él sino aquellas a las que está llenando con su voz fueran la barca y el río y el paisaje lejano y yo solo debería dejarme remontar? ¿Para huir? ¿Hay que huir de lo que está aquí, en esta orilla: el esmalte de Sonia, los murmullos de Marco y Mateo, los ronquidos de Bruno, el llanto de mi madre, los gritos de mi padre, el fastidio de mi hermano? ¿Por qué sigue como si nada existiera, pero aquí? El maestro está aquí. Yo puedo oír desde el fondo su respiración, veo su sonrisa, lo escucho leer. Está aquí y se toma el trabajo de ignorar a quienes no lo escuchan. El maestro me está leyendo a mí. Yo soy importante para él. Sabe esto que estoy pensando mientras su voz me sube a la barca y me muestra los matices del cielo azul, las piedras de la orilla, los ribetes del agua. Yo puedo verlos como él, como él ve a través de las palabras. Mañana cuando mi madre llore yo pensaré que su llanto es un río y le mostraré la arena de su orilla para que ella vea también. Mañana cuando mi hermano se irrite le diré que se suba a la barca y se tire a descansar bajo el sol y a mi padre lo invitaré a sumergirse en el agua para que se le disuelvan las ganas de gritar. El maestro levanta la vista, mira a los pibes, piensa que ha sido en vano, que nadie lo escuchó. Y el del fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia) se pregunta por qué el maestro ha dejado de leer.
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