jueves, 2 de abril de 2015

Las dos gatas de Turderaville

En esta casa supo haber dos gatas.
Una llegó a finales de octubre. Yo creía que iba a ser un gato y había pensado llamarlo Rojo. Cuando me la dieron inmediatamente le dije Lou. Llegó a casa ovillada en mi pecho, pero se desprendió de mí con velocidad. En primer lugar, porque eligió otro dueño -que no fui yo-; y, en segundo lugar, porque Lou es independiente y osada, poco dada al abrazo y las demostraciones de afecto intensivo. Desde pequeña se subió a cuanto árbol altísimo había en la casa, se peleó de igual a igual con los gatos del barrio y cazó pájaros para masticarlos, temblorosos y aún vivos, bajo la mesa de la cocina, en un desparramo de plumas y sangre bastante bestial. Es una gata distante y meditativa, solo querría dormir arriba de su dueño -si este se lo permitiera-,  no le gusta jugar con nada (como si fuera seria por decisión natural). En septiembre del año pasado fue madre de cinco cachorros -Flopi, Renée, Camilo, Enzo y Houston- a los que atendió con responsabilidad y desapego. Después de limpiarlos y darles de mamar, se escapaba por los tejados a pasear por Turdeaville.
La otra llegó a finales de mayo y desde antes se llamó Margaux. Cuando me la dieron se instaló en mi pecho y durmió muchas noches allí. Hice un cargador con una bufanda roja y la llevaba de acá para allá. Nunca en la vida conocí un animal que fuera tan niña. La primera vez que salió al jardín, lo exploró con cautela, yendo de la dichondra a mi falda cuando sentía temor. Cada vez que osaba subirse a algún árbol, terminábamos usando una escalera para bajarla porque era incapaz de realizar la proeza. Reclamaba los brazos, las caricias, las conversaciones, los gestos atentos y exclusivos. Le gustaba que yo tomara un alicesco flamenco rosado y se lo lanzara, para atraparlo en el aire y mirarme para que yo lo volviera hacer. Nunca intentó cazar: moría por el yogur y el alimento balanceado y se sentaba en mi falda cuando tendía la lona para matear. No fue madre, pero les enseñó a usar las piedras a los hijos de Lou con quienes jugaba cuando la madre los dejaba para pasear. En enero de este año, cuando yo estaba en Barcelona, un auto se la llevó. Como siempre me acompañaba hasta la reja para verme salir, creo que ese día -dieciséis en mi largo periplo- no pudo más de ausencia y salió a ver si yo regresaba dejándome sola y triste cada vez que pienso en ella. 
Ahora, en esta madrugada en que el francés y mi hijo duermen aún, pienso en las gatas de Turderaville y en cuánto de mí proyecto en ellas. Ojalá supiera rescatar a la Margaux que siempre se ovilla en mi corazón. Ojalá hubiera otra gata capaz, como ella, de dejar salir la suavidad de mí.

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