sábado, 23 de mayo de 2015

Clase de costura

Un pájaro se ha posado en el borde de las horas.
Enhebro la aguja con un hilo de sangre y la penetro en la masa compacta de la tela hasta el final.
El hilo pasa.
El pájaro se acomoda y deja salir su caja de sonidos como un torrente precipitándose hacia las hojas amarillas.
Ya no quedan más verdes, pero el pájaro suda un rocío turquesa en su pecho de fuego.
La aguja entra otra vez en la tela: emerge con su punta de acero y el hilo como una frágil vena por detrás.
Una puntada y el pájaro que canta como si solamente fuera un gorjeo de luces y de sombras, un corazón batiendo sobre la tela apresurado, un animal que cabe en un dedal.
Da unos saltos apenas, casi unos saltos, un respirar y la aguja que rasga la superficie hasta que queda su cola de algodón que pasa y vuelve y pasa y vuelve como la música del ave que se acerca y se aleja según la lleve el aire sobre las hojas doradas del otoño que no se anima a ser.
El hilo se vierte sobre la tela en pasos diminutos: saltos también de una aguja que asoma su cabeza y se sumerge y el hilo la acompaña atravesando la tela como si fuera la lluvia que no llega, que no moja la tierra, que no despierta olores, que no enciende el oxígeno con su furia de verdes, el tiempo que se va.
Anudo el hilo por el revés del paño y lo corto a dentelladas limpias y calientes.
Ha quedado una flor de sangre sobre la tela blanca, un hachazo de rojos, de pespuntes, de cruces, de algodones en llamas.
El pájaro desciende. Se posa en ella y se larga a llover sobre sus plumas festoneadas mientras su canto de aguja dibuja las gotas sobre la tela que se moja de luz.

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