martes, 30 de junio de 2015

Mañanas de tren

Tomo el de las 7:05. La estación es una ballena negra de hierro y por sus venas corren las formaciones iluminadas como serpientes de calor. Camino por el andén dejando atrás las boleterías, los bares en penumbras donde despachan un café tortuoso y las librerías cerradas a esta hora. Meto la mano en mi bolso y saco un paquete plateado con un sándwich de queso que mastico como si fuera el día que comienza. Los vagones azules huyen hacia un punto de fuga y me resisto a ser devorada antes del penúltimo vagón. Del sandwichito ya no queda nada cuando me siento y abro el termo de café. El tren arranca. Por la ventana derecha -a como sale el tren- el cielo es una banda roja donde los pájaros se sumergen en la sangre del sol. Si miro el otro lado, en la oscuridad veo otros vagones en otras vías como casa encendidas en la oscuridad. Pongo la radio y dejo que las noticias se lleguen hasta mí. Suave despierto al mundo una vez más. La ciudad se va llenando de ventanas amarillas y autos de ojos rojizos. Pienso en los rostros dormidos, los lechos perfumados y calientes, los gatos ovillados a los pies. Y van pasando las estaciones como si fueran fugaces pensamientos a la espera de la hora exacta para salir. Bebo la última gota de café y me levanto para bajar. Las puertas se abren y exhalan su calor. Desciendo,  me arropo y miro el tren partir.

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