martes, 16 de junio de 2015

Nunca fui peronista


El invierno. Hay que pasar el invierno. Y más si trae sangre.
Hay que pasar la muerte que viene desde el cielo como una peste bíblica. 
Y los muertos regados, tristes flores sin sus raíces ciertas.
Los brigadieres tiraron sus aviones y su lluvia de fuego.
Y cayeron los pájaros como si fueran piedras.
Y la gente corría atravesada por la lluvia de bronce, por la luz de las balas.
Después -siempre hay un después cuando cae la muerte- no había quién llevara la cuenta: 
¿Mil cabezas deshechas?
¿Cien docenas de piernas?
¿Dos millones de venas?
Hay que pasar el invierno. Y en las tierras del miedo dura la muerte infinitos solsticios antes de fugarse del ruedo. No alcanzan las alfombras para ocultar la mugre que rueda como una sombra insomne en la Plaza en que brota la sangre.
Esta es la historia.
Yo no soy peronista: tan solo sé quién ha puesto los cuerpos, quién traspasó el invierno, quién se hizo primavera aquel día de junio. 

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