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Mostrando entradas de julio, 2015

Nadège

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La traje en brazos y asustada. Eligió mi cuarto para refugiarse y desde allí atreverse a un espacio, extraño e inconmensurable. No es una gata niña, como lo fue siempre Margaux: es una gata sabia. Mira el afuera con atención como si estuviera evaluando sus posibilidades de aventurarse en él sin correr riesgos mayores. Es tibia e increíblemente suave; y comunica, sin vaguedades, lo que desea: que le acaricie el vientre, que le acerque mi cara para lamerla, que la oculte en mis brazos, que la deje bajar. Margaux, rechazada por su madre, carecía de anclaje desde dónde poder enfrentar árboles altos o autos asesinos; Nadège busca -con cierta efectividad- que los perros la acepten y jueguen con ella; que Lou se digne a perder su actitud de tía ofendida y estoy segura de que lo logrará. Como fuera, en estos días que, a veces, se nublan y me hacen llorar, Nadège ha venido a ocupar su lugar: yo necesito que me quieran sin cuestionamientos ni reclamos, que me acepten y me desnuden la ternura q…

Los pasillos.

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En estos días -largos y repletos- he pensado en vos.  Ayer, por ejemplo, algo parecido a tu perfume me asaltó al dar la vuelta en un pasillo: doble gancho a la mandíbula y un esfuerzo desesperado de mi parte por quitarte de encima mío.  En otras circunstancias es una puerta entornada y el recuerdo de un patio en Colegiales que podría describir, pero por la cual temo -todavía- asomarme. Hay memorias incómodas, mamá, que una no sabe bien en qué sitio de su conciencia darles alojo. Hay frases que se estiran hasta anudar el cuello de donde seguís tirando. Como fuera que sea, te alojás en un vacío que me resulta insostenible, pero no puedo darte forma: ni a un lado ni al otro te resignás a ocupar tu lugar e ir, lenta, volviéndote humo. La lista roja es infinita: esas escenas de las que soy parte y veo desde afuera, las otras que quise habitar y de las que una y otra vez me expulsás. No es que te extrañe a vos, a vos concreta: tus ojos, tus manos, la espesura liviana de tu cuerpo. Extraño …

9 de julio: de cómo me aventuré en el terreno de la escritura.

Cuando yo era chica, el agua de los cordones se escarchaba. Los 9 de julio, en la escuela pública a la que iba, había acto. Clarisa, que fue como una mamá que trabajaba en mi casa y nos cuidaba mucho, me planchaba el guardapolvo con tablas y la cinta azul, me mandaba a lustrar los zapatos negros con presilla  y me acomodaba -como podía- el desorden de rulos detrás de una vincha blanca. Yo me iba con mi papá al acto; porque él siempre estaba en la Cooperadora de la escuela, y, después de la conmemoración, ayudaba a servir chocolate caliente y a repartir alfajores. Yo pasaba de la leche porque la nata me daba asco; y guardaba el alfajor para mi hermano más chico, Pablo, que moría por los de dulce de leche. Me ponía en la fila, le pasaba el vaso de chocolate a algún varón deseoso y metía el alfajor en el bolsillo para Pablo.  En los actos siempre me tocaba actuar: supe hacer de naranja del Mono Liso, de flor en otra de la Walsh, de Remedios de Escalada... pero seguro que el 9 de julio n…

El horizonte

Yo, Kublai Khan, llevo ya muchos años de caminar arriba de un abismo, de ver las piedras como dagas con sus puntas de vidrio y seguir, de hilar una sangre tortuosa que pone el corazón como una oscura fiera encima de la mano, de pensar que ahora me asaltará la muerte en medio de mi vientre y barrerá con todo dejándome perdida en medio de un desierto hecho de sal y fuegos. Y sin embargo he andado un día y otro día y uno más, casi arrastrando un cuerpo que ya no tiene ni siquiera una sombra con que ampararse en las tardes sedientas. He andado porque supe, intuí, lo soñé, que hay un horizonte donde crecen dos álamos de plata y allí estarán aquellos que he amado para abrazarme y compensar las penas con que anduve cargando los años de la vida que me tocó arrastrarme solo para llegar y ver que hay un círculo de agua en donde hacen abluciones las alondras y yo estaré allí para mojar lo que quede del cuerpo. Después.