jueves, 9 de julio de 2015

9 de julio: de cómo me aventuré en el terreno de la escritura.

Cuando yo era chica, el agua de los cordones se escarchaba. Los 9 de julio, en la escuela pública a la que iba, había acto. Clarisa, que fue como una mamá que trabajaba en mi casa y nos cuidaba mucho, me planchaba el guardapolvo con tablas y la cinta azul, me mandaba a lustrar los zapatos negros con presilla  y me acomodaba -como podía- el desorden de rulos detrás de una vincha blanca. Yo me iba con mi papá al acto; porque él siempre estaba en la Cooperadora de la escuela, y, después de la conmemoración, ayudaba a servir chocolate caliente y a repartir alfajores. Yo pasaba de la leche porque la nata me daba asco; y guardaba el alfajor para mi hermano más chico, Pablo, que moría por los de dulce de leche. Me ponía en la fila, le pasaba el vaso de chocolate a algún varón deseoso y metía el alfajor en el bolsillo para Pablo. 
En los actos siempre me tocaba actuar: supe hacer de naranja del Mono Liso, de flor en otra de la Walsh, de Remedios de Escalada... pero seguro que el 9 de julio no hacía de nada porque, en la jura de nuestra independencia, no hubo mujeres, digo, ese día exacto, porque lo que es antes, cuando tuvimos que cargarnos al reino sí las hubo y muy valientes; pero en el gobierno de Onganía , si bien no lo recuerdo, nadie debe haber exaltado a las revolucionarias de la patria. En aquel momento la patria era cosa de hombres de mármol, hombres bien machos se entiende.  
Nunca fui abanderada: era desprolija, cuestionadora, discutía con la maestra lo que callaba en casa, me peleaba a los golpes con los varones; pero siempre me hacían escribir y decir los discursos. Recuerdo que, en esos años, en que empezaba a remontar el río del lenguaje, revisaba los libros de historia de mi casa y armaba, sobre la hoja en blanco, collages de palabras que no eran mías, combinaba un poco de acá y otro de allá hasta que el texto decía lo que yo quería que dijera. Así aprendí a escribir y empezó a interesarme la historia. Como eran esos años que iban entre 1965 y 1971, los actos se morían en San Martín y no sé nada de lo que vino después: ni Rosas, ni Urquiza, ni los caudillos. En mi casa eran comunistas, así que había libros de historia argentina de Ponce y otros que no me acuerdo, y esas eran las cosas que yo decía en la escuela. Es una pena que nadie guardara esos papeles: me hubiera gustado conservarlos. Lo que sí recuerdo era el enorme placer que me causaba combinar los fragmentos hasta que los zurcidos entre uno y otro texto se hacían invisibles. Cuando terminaba de leerlos en público y aplaudían yo sentía que estaba cometiendo un ilícito, que esos aplausos no me pertenecían, pero, a la vez,  me sabía buena "mentidora". Quizá entonces me estaba recibiendo de escritora que es lo mismo que decir fingidora porque qué es la literatura si no la mejor de las imposturas por medio del lenguaje. 
Después, muchos años más tarde, cuando yo ya había recibido mi título en una Universidad ensangrentada y muerta, vino Gerard Genette y me calmó la conciencia intertextualmente. Para ese entonces yo ya había llenado muchos cuadernos -que tiré un día de locura- con textos solo míos, que no había pegoteado de nadie; aunque, en realidad, todos escribimos desde nuestras lecturas y nos la pasamos recortando y pegando desde esas memorias que nos alimentan y nos han alimentado. 
Hoy, ya nadie me pone una vincha blanca y los zapatos que lustro no tienen presillas ni botones, mi papá no me lleva de la mano y a mi hermano, cada vez que viajo, le llevo tapas de empanadas. Sigo sin ser abanderada, pero ya soy prolija aunque atropellada, me mantengo cuestionadora, discuto acaloradamente, pero no blando reglas como espadas sobre las cabezas de mis compañeros; nadie me manda a dirección adonde voy sola para trabajar con un equipo que me acepta y me tolera con todo lo bueno y malo que poseo. En la escuela sigo escribiendo discursos y, como dice Jaguit, mi compañera de oficina, "te mando esto que redacté, hacé tu magia y ponelo lindo". A mí me gusta pensar que mis palabras hacen magia porque me habitan desde siempre y han sido mi posibilidad de supervivencia cuando los años se hicieron oscuros, adentro y afuera: no he tenido una vida sencilla y luminosa; pero rescato de ella pocas cosas: mi padre, mis hermanos, mi hijo, algunos amigos, un par escaso de hombres de los que supe elegir y las palabras, siempre las palabras: las mías, las de los otros, en suma, las palabras. 

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