sábado, 11 de julio de 2015

Los pasillos.

En estos días -largos y repletos- he pensado en vos.  Ayer, por ejemplo, algo parecido a tu perfume me asaltó al dar la vuelta en un pasillo: doble gancho a la mandíbula y un esfuerzo desesperado de mi parte por quitarte de encima mío.  En otras circunstancias es una puerta entornada y el recuerdo de un patio en Colegiales que podría describir, pero por la cual temo -todavía- asomarme. Hay memorias incómodas, mamá, que una no sabe bien en qué sitio de su conciencia darles alojo. Hay frases que se estiran hasta anudar el cuello de donde seguís tirando. Como fuera que sea, te alojás en un vacío que me resulta insostenible, pero no puedo darte forma: ni a un lado ni al otro te resignás a ocupar tu lugar e ir, lenta, volviéndote humo. La lista roja es infinita: esas escenas de las que soy parte y veo desde afuera, las otras que quise habitar y de las que una y otra vez me expulsás. No es que te extrañe a vos, a vos concreta: tus ojos, tus manos, la espesura liviana de tu cuerpo. Extraño el símbolo porque siempre he carecido de él, porque me hice madre sin tener un punto al que volver los ojos, sin saber. Y ayer, cuando sentí tu aroma quise morir, mamá. Y lo pensé. Porque es tanto el amor que me dejaste huérfano e imposible, derramado en un abismo de silencios, de gestos indiferentes, de heridas insanables que a veces, en los pasillos, no sé bien para qué lado escapar. 

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