Carámbanos

El primer deseo, sí, ese. El primero.
El que estaba allí. Desde antes incluso.
Pero no fue posible.
Y lo doblás: escrito en un papel con tinta azul.
Entonces no sabías escribir.
No importa. Es una historia.
Todos tenemos una. Y un deseo primero.
Hay muchos huecos en el viento por donde sopla el frío. 
No era el inicio perfecto de la vida.
Los niños, solos, se duermen en su cuna.
Y unas estalactitas penden de las barras.
Son como cárceles de hielo sus camitas bordadas.
Dónde escribieron que una madre te ama.
Se expande el miedo sin el límite que le impone el abrazo.
¿Comió?
¿Tiene pañales limpios?
Otra vez en su cuna/ carámbanos de frío. 
Y un deseo primero: dos, tres.
Que te roce esa mano.
La soledad es una zorra que se lleva un queso.
Y vos mirás las uvas.
Y nieva como si fueran días en la cárcel de esa cama de sábanas bordadas. 
No existen las palabras.
Por eso, quizá, te habiten como hormigas, proliferadas, múltiples, calientes.
No hay peor agonía que ese papel doblado y la ausencia de lámparas que cumplan los deseos. 
Eso o la muerte. 

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