domingo, 30 de agosto de 2015

Reinas de Retiro

Son las dueñas de un feudo de diez inodoros y cuatro lavabos y lo administran con un sutil ejercicio de trapo y balde mientras conversan echadas contra un ventanal por donde no entra la luz del amanecer a las siete. Nosotras, ciudadanas de un mundo sin reinas, hacemos fila en la puerta, en el límite exacto del umbral, donde ellas nos autorizan a franquear la frontera y nos indican un número de puerta por donde entrar. Las puertas siempre son dos, aunque hay diez. Eso les permite ejercer el poder en forma discrecional: ni las urgencias, ni los embarazos, ni la vejez, ni los niños hacen subir la cuota de dos que ingresan al grito de "La que sigue" y el número de cubículo al que penetrar. Mientras tanto, ellas se ríen en el ventanal y hablan como monarcas que invisibilizan a sus súbditas momentáneas. No existimos cuando estamos ahí y ellas se cuentan sus secretos a los gritos sin que dejen de ser misteriosas y escondidas. En la mesada de mármol hay un plato para depositar la moneda de la retribución por los favores reales: los baños están limpios y huelen bien. Las rejillas no tienen tapas y a veces los centavos ruedan y se sumergen en las aguas grises y jabonosas que circulan debajo. Nadie las detiene: las reinas no se rebajan a hundir sus manos en las tuberías y las que conformamos las filas tampoco. Todos los días a las 6:50 ingreso con mi caperuza roja y fantaseo con que las dos ya me deben reconocer aunque ningún gesto lo confirme. Pienso con pena que la primavera me despojará de signos cotidianos y volveré a ser una más en los baños de la estación.

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