viernes, 11 de septiembre de 2015

Enseñar a leer: del solipsismo al ágora

Nos quieren hacer creer que las nuevas tecnologías y el supuesto manejo que los chicos tienen de las computadoras podrán hacernos prescindir de los maestros, vistos como simples receptáculos de datos que hoy están al alcance de la mano de cualquier chico y en cualquier lugar -dos conceptos discutibles de a uno por vez-.
Esta visión postula un ser humano capaz de abastecerse a sí mismo, encerrado en un cubículo -real o imaginario-, que no necesita nada más que una conexión a Internet para acceder a la información. En esta concepción de la enseñanza, los maestros solo tienen una función que consiste en ser los que faciliten los instrumentos para procesar la información que provee vertiginosamente la sociedad mass media.
Esta mirada -el lado capitalista de la educación- plantea un vínculo entre un producto -la información- y unos consumidores -los niños, adolescentes y jóvenes-, en el que los adultos proveen las herramientas que permiten optimizar el consumo para que no se pierda ni tiempo ni energía que podrían ser productivas y redituables.
En este vínculo "mercantilista" hay un aspecto humano -ideológico per se- que queda soslayado: la educación es una apuesta al progreso como función social. Los maestros, más que nunca hoy, tenemos la inmensa posibilidad de brindar otro modelo -insurgente y revolucionario en los tiempos que corren donde las personas parecen no cotizar en Bolsa-: un modelo que rescate los valores de la comunidad humana de la que formamos parte más allá de nuestras factibles conexiones de Internet. 
Los maestros no tratamos con consumidores -ni de información, golosinas, zapatillas o lo que fuera que es-, interactuamos, a partir de un conocimiento que poseemos, que deseamos transmitir y que nos hablita como tales, con seres humanos en formación. Nuestra actividad lleva en sí la idea del progreso -decimonónico progreso en el que nosotros todavía queremos creer-. Enseñamos, entre otras cosas, a ser parte de una comunidad, en principio de niños (que eso es un aula), de una pequeña sociedad (que eso es la escuela), de un país, de un mundo. Los maestros deberíamos enseñar a convivir, a ser respetuosos, a mirar el pasado no como una piedra que debe superarse sino como una memoria para no dejar de ser quienes somos. Los maestros tenemos la obligación de enseñarles a nuestros chicos que son puntos en la enorme línea de la humanidad, que los antecede un pasado y los compromete un futuro. 
Y, en el medio, enseñamos a comer, a soplarse los mocos, a sobrevivir al dolor del amor. 
En suma enseñamos a leer: las letras que nos hacen humanos y los hechos que nos tocan vivir. Les enseñamos que un libro no es un refugio en el que esconderse para que la realidad no nos queme la carne sino un puente para empezar  a comprender qué hacer entre todos con el fuego para que no nos incendiemos como sociedad. 

1 comentario:

immbiblioteca@gmail.com dijo...

Comparto totalmente tus palabras, y me siento identificada de alguna manera, porque así como se inventó el televisor y se temía que la radio desaparezca por dar un ejemplo, los decentes no pueden ser suplantados por máquinas -cajas bobas con teclados- sí son una valiosa herramienta que bien utilizada nos puede solucionar la búsqueda de la información pero como buscar la información, procesarla y de alguna forma masticarla- además de todo lo que hace un docente como comentás en tu post, eso no lo hace una máquina. También se viene diciendo que el fín de las bibliotecas es una realidad en un futuro no muy lejano por el avance de internet, y vuelvo a decir, internet es una valiosa herramienta pero el trato con los usuarios, el orientar en la búsqueda de la información al usuario, fomentar la lectura, entre funciones que tenemos los bibliotecarios, no lo puede hacer una computadora, mi un teléfono que está más al alance hoy en día. Que tengas un lindo día Julieta. Un beso, Daniela

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