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Mostrando entradas de octubre, 2015

¿Por qué voy a votar a Scioli?

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Porque escribí libros de Lengua que el Ministerio de Educación repartió gratis en cientos de escuelas públicas.
Porque escuché a una maestra en el Chaco cuando me contaba de una alumna que siempre tenía la netbook enchufada para llevarla cargada a su casa donde no tenía luz y estudiar sin gastarle velas a la madre.
Porque vi, en el sur, a una piba, en medio de la nada, con su netbook conectada a un panel solar estudiando.
Porque tenemos el calendario de vacunas  más completo de Latinoamérica.
Porque se repartieron nueve millones de libros de literatura  para los chicos a lo largo y a lo ancho del país.
Porque tenemos un Centro Cultural bellísimo donde todas las actividades son gratuitas.
Porque los derechos humanos fueron reivindicados como política de Estado.
Porque no creo que Scioli y Macri sean lo mismo: ninguno hará la revolución que soñaron mis padres, es cierto; pero Macri me deja a miles de kilómetros de esa utopía y Scioli, unas pocas estaciones más cerca.
Porque no quiero v…

De los sueños y las casas

¿Qué es un sueño? En principio algo íntimo, personal. Yo sueño, por ejemplo, con comprar un terreno y levantar una casita, pequeña; pero que tenga un patio o un jardín diminuto y enormes ventanas por donde pase el sol. Algo modesto, se entiende; pero que pueda dejar como legado. Ese es mi sueño.  Y para que sus sueños se hagan realidad (porque de eso se trata) una hace unos números, consulta, diseña, planifica, piensa en las horas y las trabaja sin prisa y sin pausa porque los padres le enseñaron la fuerza del esfuerzo aunque, en este caso, se trate de trabajo intangible, falto de materialidad, pero que conlleva sus horas de cansancio (como todo trabajo). Pero esa es tan solo la quintita de una, el sueño privado, si se quiere. Para que haya esa casa, el sueño ha de ser colectivo, inserto en otros sueños, plantado en una tierra en la que todos podamos esforzarnos para alcanzar la casa, el pan, el pupitre en la escuela, la vacuna en el brazo.  Y yo venía andando, digamos que tenía los …

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 3

Los balotajes tienen sus meandros, pero con mayor visibilidad ostentan sus meaderos públicos y ostensibles. Es hora de limpiar el baño y pasar a la cocina o hacerse a la idea de que seguirán prometiéndonos cloacas para todos y todas.

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 2

Caminar con viento a favor es fácil. La cuestión es llegar a destino cuando el huracán sopla en contra. (De pronósticos meteorológicos y otras yerbas)

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 1

Los saltos al vacío son fascinantes: por algunos segundos te parece que, finalmente, lograste volar.
Pero, en el fondo del precipicio, agazapada, siempre te espera la ley de la gravedad.

Mucho más temprano que más tarde se abrirán las grandes alamedas

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En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor. [...] El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor. Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para de…

El viento o la veleta

Como el mundo es redondo se aconseja,
no situarse a la izquierda de la izquierda,
pues, por esa pendiente , el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.

Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.

Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.

Esas raras maneras del hartazgo
suelen ser distracciones pasajeras,
síntoma tipo de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.

¡Hay que ser consecuente con la furia!
Escoger entre el viento o la veleta.

Armando Tejada Gómez

La barbarie, siempre la barbarie

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Los civilizados practican la ideología de la desideologización: no sudan, no gritan, no se apasionan. No tienen compañeros: solo saludan vecinos a los que los unen la proximidad geográfica, la medianera, la ligustrina del jardín. En su mundo no hay grietas porque se ocupan de barrer las sobras y las discordancias debajo de la alfombra. Hacen negocios con lo público y denostan la ayuda social porque, desde siempre tuvieron un plato de comida para arrancar el día. Los que no llegan, para ellos, es porque no lo quieren: el mundo siempre fue así y la pobreza es parte constitutiva y normal de lo real. La barbarie ha andado sola desde que a Mariano Moreno lo hundieron en las aguas y a Castelli le cortaron la lengua. Ha deseado en la oscuridad un mundo mejor. Quizás no sea este, pero se le parece bastante. La barbarie ha sido fusilada, bombardeada y desaparecida por el mundo de la civilización, esa que preconiza la concordia y los buenos modales. Ha sido hambreada, raleada, le prohibieron d…

Hay que pasar el invierno

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De pronto se acabó el verano.
Y hay -otra vez- que pasar el invierno.
Y volverá a hacer frío,
la sopa será escasa y no habrá gas para calentarla,
y zurciremos el saco que zurcimos hasta hacerlo remiendo,
y no diremos nada sobre nuestra memoria porque estará prohibido,
y se hundirán las tablas que poco a poco habíamos ido levantando.
Hay que pasar el invierno.
No nieva aún,
pero cae una lluvia,
finita,
granizada,
que te taladra las vueltas de la pena.
A la final, vio, se trata de que la vaca se suelta de su atadura
y la conciencia se va con ella.
Es eso.
El pasto de la vereda de enfrente siempre es más verde.
Sobre todo en verano.
Y ahora
que hay que pasar el invierno:
se morirá la vaca de hambre y nosotros con ella.
Otro dolor y ya son incontables.
La escarcha quemará las raíces -por lo visto no eran muy profundas-.
Tiempos de puertas para adentro.
Y el viento que nos arremolina en los pie de página de la historia.
Otra vez.
Desde Mariano Moreno que sucede lo mismo.
Y no voy a llorar…

Eso no alcanza

DijoY el alma se rompió en astillas que cayeron debajo de los muebles. Después pasó la escoba la pala el trapo y quedaron las huellas de tanto que no alcanza. Y a Miguel por doler le dolía el aliento Pero no alcanzaba Y eso era tan solo todo, Miguel, Con tres heridas: la de la vida, la del amor, la de la muerte.

22 de agosto de 1972/ Trelew/ María Antonia Berger

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Yo era adolescente, pero es como si fuera hoy. Estábamos en un patio y hacía frío. Las medias tres cuartos y las rodillas desnudas, la bandera a media asta y gritábamos "Presentes". 22 de agosto de 1973: un año de la masacre de Trelew. Un mes después fue el golpe en Chile y empecé a militar; pero, de alguna forma, en el comienzo siempre estuvo Trelew y su memoria en mis rodillas heladas, en ese patio y en  el luto de esa bandera en la mitad del mástil ondeando en un día que yo conservo gris. Y cada vez que llega agosto, vuelvo a ese sitio, vuelvo a ese día.  Cuando me mudé a Turdera, un día me dijeron que en la calle de tierra, en esa cuadra, esa casa había sido la quinta de los Berger. Allí, María Antonia y sus compañeros habían estado una vez preparando una operación. Cuenta alguien que la casa tenía enormes bibliotecas y que él iba de libro en libro intentando reconocer quiénes vivían allí.  Cada vez que, al amanecer, transito esa tierra, cantan gallos en la casa de Marí…

El agua

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Le tengo miedo al agua. En realidad, no al agua exactamente. Le tengo miedo a sumergirme, a no hacer pie, a ahogarme. Es un miedo irracional, que no sé manejar, que me desborda. Necesito que mis pies toquen el piso y que mi cabeza quede fuera, sobre la superficie. Ni hablar de zambullirme y abrir los ojos para volver a ver cómo era allá abajo. Podría argumentar que a los cinco años, en una colonia de vacaciones a la que odiaba ir, me obligaban a meterme en la pileta dos veces al día y que cuando aduje que me dolía la cabeza, los profesores me arrojaron sin piedad a la parte profunda. Aún recuerdo los manotazos por alcanzar el borde y el agua vista por debajo entre la turbulencia de la desesperación. Claro está que no pude superarlo, aunque lo he intentado en numerosas veces. Algún día me rendí a la evidencia de saber nadar, pero solo donde toco el fondo.  Y a la vez, nada me fascina tanto como el agua: esa ausencia de ruidos, la profundidad mojada y espesa de la luz en los fondos azu…