domingo, 11 de octubre de 2015

22 de agosto de 1972/ Trelew/ María Antonia Berger

Yo era adolescente, pero es como si fuera hoy. Estábamos en un patio y hacía frío. Las medias tres cuartos y las rodillas desnudas, la bandera a media asta y gritábamos "Presentes". 22 de agosto de 1973: un año de la masacre de Trelew. Un mes después fue el golpe en Chile y empecé a militar; pero, de alguna forma, en el comienzo siempre estuvo Trelew y su memoria en mis rodillas heladas, en ese patio y en  el luto de esa bandera en la mitad del mástil ondeando en un día que yo conservo gris. Y cada vez que llega agosto, vuelvo a ese sitio, vuelvo a ese día. 
Cuando me mudé a Turdera, un día me dijeron que en la calle de tierra, en esa cuadra, esa casa había sido la quinta de los Berger. Allí, María Antonia y sus compañeros habían estado una vez preparando una operación. Cuenta alguien que la casa tenía enormes bibliotecas y que él iba de libro en libro intentando reconocer quiénes vivían allí.  Cada vez que, al amanecer, transito esa tierra, cantan gallos en la casa de María Antonia que ahora está ocupada por otros porque, con seguridad, de la familia Berger no ha de haber quedado nadie para narrar su terrible destino: más de cien militares rodearon la casa de Lavallol  donde vivían su padre, el médico Juan Berger, otro hombre y una mujer. Al padre, de 70 años,  lo fusilaron ante los ojos azorados de los vecinos de la cuadra y  de la madre, también Antonia,  no se sabe nada al día de hoy. Una granada tirada al partir destruyó totalmente lo que quedaba en pie en Lavallol: solo quedaron maderitas y plásticos de tres centímetros dicen los vecinos. María Antonia fue acorralada por una patota de la ESMA en una casa de Capital el 16 de octubre de 1979. Sobre su destino final, hay quienes cuentan que el Grupo de Tareas  levantó su cuerpo para exponerlo en la ESMA; otros, en cambio, relatan que se identificó a los gritos comunicándoles a los militares que la habían cercado que se iba a entregar. Entonces salió de la casa, tiró la pistola delante de la patota que se lanzó sobre ella sin advertir que tenía el cuerpo cubierto por granadas y que, en su último gesto, ella también los hizo desaparecer. 
Ahora es octubre, han pasado ya muchos años: no tengo frío adolescente en las rodillas ni banderas que me enluten a media asta. Pero la casa de María Antonia sigue allí, tal vez aún estén en sus paredes esos libros esperando que alguien los rescate y diga quiénes eran los que vivían en esa quinta, quienes leían en esas páginas, quiénes suspiraban y reían de amor. Y yo escucho los gallos y pienso que nos empeñamos en estirar el tiempo pero que la vida es un círculo que nunca cesa de girar. 

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