viernes, 2 de octubre de 2015

El agua

Le tengo miedo al agua. En realidad, no al agua exactamente. Le tengo miedo a sumergirme, a no hacer pie, a ahogarme. Es un miedo irracional, que no sé manejar, que me desborda. Necesito que mis pies toquen el piso y que mi cabeza quede fuera, sobre la superficie. Ni hablar de zambullirme y abrir los ojos para volver a ver cómo era allá abajo. Podría argumentar que a los cinco años, en una colonia de vacaciones a la que odiaba ir, me obligaban a meterme en la pileta dos veces al día y que cuando aduje que me dolía la cabeza, los profesores me arrojaron sin piedad a la parte profunda. Aún recuerdo los manotazos por alcanzar el borde y el agua vista por debajo entre la turbulencia de la desesperación. Claro está que no pude superarlo, aunque lo he intentado en numerosas veces. Algún día me rendí a la evidencia de saber nadar, pero solo donde toco el fondo. 
Y a la vez, nada me fascina tanto como el agua: esa ausencia de ruidos, la profundidad mojada y espesa de la luz en los fondos azules, la cadencia adormecedora o feroz del oleaje, su limpio olor clorado, el sabor espeso de sus sales yodadas. Me fascina el agua como un universo imposible y ajeno: sirena inversa que está condenada a sus piernas y ansía sumergirse para que el agua la rodee y contenga, el agua que también es la madre, doblemente fatídica. El agua.
Le tengo miedo al agua: no vaya a ser que muera encerrada en su vientre, antes de ver la luz y liberarme de su abrazo mojado; no vaya a ser que se me llenen los pulmones de peces y me broten corales junto los labios; no vaya a ser que sea  otra pieza encerrada en mi propio acuario; no vaya a ser...

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