miércoles, 28 de octubre de 2015

La barbarie, siempre la barbarie

Los civilizados practican la ideología de la desideologización: no sudan, no gritan, no se apasionan. No tienen compañeros: solo saludan vecinos a los que los unen la proximidad geográfica, la medianera, la ligustrina del jardín. En su mundo no hay grietas porque se ocupan de barrer las sobras y las discordancias debajo de la alfombra. Hacen negocios con lo público y denostan la ayuda social porque, desde siempre tuvieron un plato de comida para arrancar el día. Los que no llegan, para ellos, es porque no lo quieren: el mundo siempre fue así y la pobreza es parte constitutiva y normal de lo real.
La barbarie ha andado sola desde que a Mariano Moreno lo hundieron en las aguas y a Castelli le cortaron la lengua. Ha deseado en la oscuridad un mundo mejor. Quizás no sea este, pero se le parece bastante. La barbarie ha sido fusilada, bombardeada y desaparecida por el mundo de la civilización, esa que preconiza la concordia y los buenos modales. Ha sido hambreada, raleada, le prohibieron decir el nombre de sus amores, le dijeron que no tenía capacidad para pensar y le enajenaron derechos para dejarla del otro lado de la educación, la justicia y la salud.
En una tierra tan ancha y tan rica como la nuestra, los civilizados no están dispuestos a perder ni un mísero terrón. En su última y travestida versión saben que el discurso es un arma cargada de futuro (ese que solo desean para ellos, copia del pasado que añoran) y lo han disfrazado de barbarie: son los nuevos civilizados que hablan la lengua de las víctimas y les ofrecen lo que jamás les van a dar: alcanza con volver la vista al feudo donde durante ocho años hicieron lo que saben hacer: endeudar y ajustar. Lo grave es que los bárbaros nos hemos quedado sin palabras y sin palabras no se puede ganar.

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