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Mostrando entradas de noviembre, 2015

El cumpleaños de la abuelita URSSula

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Los siete de noviembre en mi casa había fiesta.
Yo usaba trenzas y mi madre ponía una torta en la mesa.
Era una torta roja.
Siempre.
Y tenía una hoz y un martillo.
Amarillos.
Siempre.
Mi madre repartía regalos, seguramente envueltos en papeles al tono.
No lo recuerdo.
Y cantábamos una canción que hablaba de los parias de esta tierra que debían unirse.
Yo no entendía bien para el pararse si sentados era bastante más cómodo.
Mi madre nos hablaba de unos niños que llevaban unos pañuelos al cuello y que eran perfectos.
Yo me miraba las medias bajas, los zapatos que a veces chancleteaba, el pensamiento rebelde y pensaba que jamás sería una niña konsomola y estaba, de por vida, expulsada del paraíso que narraba mi madre.
Mis hermanos comían, ajenos a épicos relatos de otros fríos; pero yo me decía que quería ser como Liubka, la de La Joven Guardia, que era bella y le ponía bombas a los alemanes que querían entrar a Stalingrado.
En el cuarto de mis padres, detrás de una pared secreta, estab…

Nieto 118

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Ayer cuando puse #118 en mi Facebook pensé qué país el nuestro que una pone un número solito y despojado y los corazones se ponen contentos como si encerrara un prodigio cantarino en sus tres dígitos. Y pensé que a mí no me importaba mucho la militancia anterior o no de los Kirchner en derechos humanos, porque lo que habían hecho era mucho muy importante: los habían transformado en política de Estado y eso -si hubiera sido tan solo eso- para mí valía un aplauso cerrado y de pie. Yo me acuerdo muy, pero muy bien de los años democráticos en que los 24/3 no éramos tantos, en que salir a la calle era con viento en contra, en que se indultaba, se perdonaba, se decía que era necesario pasar de página y que ya estaba, así, sin cárcel ni justicia. Yo me acuerdo recontraclarito y con todos sus detalles. Y ahora pienso en el nieto 118 que vive lejos y al que lo espera una historia dura, difícil porque todos pensamos mucho en los que no están, pero, a mí, a veces se me da por pensar en los efe…

Mi amiga Vera

Vera es suave como una paloma acurrucada. Y es mi amiga. No solo eso, hoy supe que yo también soy su amiga. Ahora que ha comenzado a hablar miramos ilustraciones en mi ipad y conversamos sobre gatos y peces. Por primera vez hemos hojeado juntas un libro de poemas y encontramos en los versos una buena justificación para andar descalzas. Vera mira Paka Paka porque dice que es lindo y me enseñó un dibujo animado de unas marmotas y de una niña que se llama Lila. Le cocino puré y nos sentamos en el jardín a hacer un pic nic. Le gusta que le masajee los pies y se ríe cuando decimos Wanchope a coro. Cuando sea más grande y se anime, vendrá a dormir a mi casa, como suelen hacer las amigas que se quieren. Yo, mientras tanto, siento que las circunstancias de la vida alejaron a mis sobrinos a territorios ultramarinos, pero, en compensación, han dejado en mi corazón la suavidad acurrucada de Vera.