sábado, 7 de noviembre de 2015

El cumpleaños de la abuelita URSSula

Los siete de noviembre en mi casa había fiesta.
Yo usaba trenzas y mi madre ponía una torta en la mesa.
Era una torta roja.
Siempre.
Y tenía una hoz y un martillo.
Amarillos.
Siempre.
Mi madre repartía regalos, seguramente envueltos en papeles al tono.
No lo recuerdo.
Y cantábamos una canción que hablaba de los parias de esta tierra que debían unirse.
Yo no entendía bien para el pararse si sentados era bastante más cómodo.
Mi madre nos hablaba de unos niños que llevaban unos pañuelos al cuello y que eran perfectos.
Yo me miraba las medias bajas, los zapatos que a veces chancleteaba, el pensamiento rebelde y pensaba que jamás sería una niña konsomola y estaba, de por vida, expulsada del paraíso que narraba mi madre.
Mis hermanos comían, ajenos a épicos relatos de otros fríos; pero yo me decía que quería ser como Liubka, la de La Joven Guardia, que era bella y le ponía bombas a los alemanes que querían entrar a Stalingrado.
En el cuarto de mis padres, detrás de una pared secreta, estaban las obras completas  de Vladimir Ilich y un cuadrito de Karl Marx que eran como dos abuelos lejanos que pensaban como mis propios padres.
La torta se acababa.
Se lavaban los vasos.
Y yo volvía a los tilos de Belgrano R para encerrarme en el baño y hacer altares a los dioses de Grecia a quienes les pedía milagros personales.
Es que cuando dejaba de ansiar ser una niña soviética se me daba por pensarme vestal de algún templo caído.
Un pequeño detalle distractivo y secreto.
Cosas de niña con trenzas y zapatos chancleta con presilla y botones.
Moría por las películas de Sissi que mi madre  había prohibido.
No era digna de ningún pañuelo rojo y seguro que Stalin me habría expulsado a Siberia.
En mi casa nadie comía niños ni nos manteníamos a fuerza del oro de Moscú.
Mi padre dirigía una empresa que era norteamericana.
Se ve que él tampoco lograba calzarse el mote de pionero.
Mi madre, en cambio, había estado presa por pegarle a un agente pidiendo que los yanquis se fuera de Vietnam, escuchaba a Joan Báez, militaba en la villa que había en Colegiales y admiraba a la Davis.
Ella era pionera desde el exacto día en que pisó este mundo.
Tenía un pequeño problema: se llamaba Luján, como la virgen patria.
Y todo por un siete de noviembre y los parias del mundo que debían estar de pie y sin poder sentarse.

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