Nieto 118

Ayer cuando puse #118 en mi Facebook pensé qué país el nuestro que una pone un número solito y despojado y los corazones se ponen contentos como si encerrara un prodigio cantarino en sus tres dígitos. Y pensé que a mí no me importaba mucho la militancia anterior o no de los Kirchner en derechos humanos, porque lo que habían hecho era mucho muy importante: los habían transformado en política de Estado y eso -si hubiera sido tan solo eso- para mí valía un aplauso cerrado y de pie. Yo me acuerdo muy, pero muy bien de los años democráticos en que los 24/3 no éramos tantos, en que salir a la calle era con viento en contra, en que se indultaba, se perdonaba, se decía que era necesario pasar de página y que ya estaba, así, sin cárcel ni justicia. Yo me acuerdo recontraclarito y con todos sus detalles. Y ahora pienso en el nieto 118 que vive lejos y al que lo espera una historia dura, difícil porque todos pensamos mucho en los que no están, pero, a mí, a veces se me da por pensar en los efectos de la dictadura sobre los que aún estamos: sobre los que se han ido al exilio y han regresado, sobre los que no se fueron nunca y tuvieron que soportar la soledad y el silencio, sobre los que buscaron y buscan sin resultado y ya no desean vivir con tanta amargura. Porque la pena y la desolación, a veces, no hallan las palabras para cobrar vuelo y se enquistan en el cuerpo y lo enferman. Pienso en el nieto 118 y querría abrazarlo fuerte para que sepa que, más que nunca y pese a todo, no está solo, para que sepa que puede contar con todos los corazones que ayer se pusieron contentos con el prodigio cantarino de sus tres dígitos.

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