sábado, 26 de diciembre de 2015

Otra vez

Detrás del pico y la pala de la tristeza/ detrás de las hordas de la muerte que llegan a matar/ detrás de las cenizas de un pasado que se hizo erupción/ vendremos para sembrar la vida/ otra vez/otra vez/otra vez/

jueves, 24 de diciembre de 2015

Clara Anahí, la Muerte y el nido de los pájaros

Era la Muerte un hombre ensangrentado, con charreteras y uniforme verde. Clara Anahí no podía saberlo: en su pequeño mundo de leche y de sueños había una mamá que sonreía, una papá alto y flaco, uno que otro tío y una abuela de lentes. No podía saberlo cuando volaron su casa por el aire y Diana la cubría con su alma. No podía saberlo cuando la Muerte se la llevaba en andas. Buenas noches, dijo la Muerte, acá yo soy la dueña del destino: digo y desdigo, hago y decido. Y Clara Anahí se perdió para siempre, en el tiempo y en todos los espacios. A Diana la mataron aquel día terrible de noviembre , a su papá Daniel unos meses más tarde. Y Clara se perdía: ella deseaba regresar a su casa, pero la Muerte se fue comiendo las migas que su abuela le puso mientras decía que es por acá, Clara, es por acá. Y Clara se perdía en su mundo de leche y de sueños. Sin embargo, en el árbol donde anidan los pájaros de los recuerdos, ese que a veces no sabemos ni dónde lo dejamos, había un pájaro papá de anteojos que la seguía llamando es por acá, Clara, es por acá. El pájaro y su pájara mamá de dientes que sonreían habían hecho un nido en una rama. La llamaban y Clara los oía, pero en los sueños las ramas estaban alejadas. Por más que se estiraba no podía tocarlas,  oía los cantos de sus pájaros es por acá, Clara, es por acá y no llegaba. Y un buen día la Muerte se murió entre banderas y mujeres que dieron tantas rondas que volaban campanas, estrellitas y todos las seguían de festejo en festejo: 1, 2, 3, 87, 114, 118, 119. Y Clara, que ya no era una niña de leche y de sueños, un día vio una miga, ya dura de 39 años, y se la puso de pronto en el bolsillo. Y entonces creció tanto que alcanzó la rama esa del nido de sus pájaros y regresó a la casa donde el amor de su abuela todavía esperaba. Y supo que la Muerte ya no estaba con ella: todo fue alegría, abrazos, despertares, recuerdos que volvían, perfumes de bebé al borde de su cuna, una canción perdida y un pueblo que reía porque era el festejo 120 de los que andan zurciendo con su vida la muerte que otros desparraman: los buenos, los que vienen detrás reconstruyendo.  

viernes, 4 de diciembre de 2015

El precio del aceite

mientras la calle se cubre de flores amarillas
yo
me pregunto
cuánto costará el mes próximo
una botella de aceite
pasan los autos
y las flores inician un vuelo de libélulas doradas
una simple botella
otra baldosa que habrá que pensar  en saltar
el cielo celeste de esta madrugada
y el trino hilvanado de los pájaros
el aceite que quién sabe cuánto dinero deberé abonar
el albañil que iba junto a mí en el tren
que verá desde afuera la casa que ayuda a construir
la maestra que se guarda en su casa una moneda para darle al chico que vende chupetines
y yo
el cielo azul
las flores amarillas
y otra vez el aceite
en botella
mientras los autos pasan
y la vida se enrosca como una tapa
sobre los días
repetidos
idénticos
exactos
tres gotas apenas
porque quizá no haya más
amarillas las flores
como el hilo de aceite
que no puede saber cuánto lo tendré que pagar
porque él es
repetido
idéntico
exacto
cambia la luz y cruzo
el mundo debería ser previsible en ciertas circunstancias
para que el albañil, la maestra y yo pudiésemos soñar
que un sinfín de luciérnagas remontan hacia el cielo
y sonreír
como la gente que tiene el mañana debajo de la mano
y no debe pensar en,
por ejemplo,
cuánto le costará una botella de aceite
que solo durará lo que la flor tardó en caer.
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