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La escuela. Las clases. Los libros. Los chicos. El hijo. El hombre. La casa. Los viajes. Los trenes. Las salsas. Los panes. Las tortas. Las mesas. La novela de Gómez. Y el país, el inmenso país que se cose a tajos y se descose a golpes. Y yo, ahí, junto a los bordes, sin ver mirando, sin llorar a los gritos, sin escribir. Con todas las palabras purulentas pugnando por salir para que vuelva a ser como era antes yo, la escriba de los días infinitos con el alba zurciendo la mañana para que no se caiga ya. Bastante abismo nos inunda como para elegir callar.

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