domingo, 24 de julio de 2016

Bonjour, Oliverio (V)

Estimado Oliverio:
Mucho hace que no le escribía. Meses, años o siglos, según nos pasa el tiempo. A esta altura, la medida para dimensionar el silencio es estéril y frívola. Ya sabe usted que a mí los segundos se me pasan siendo otra mujer y otra y otra más. El amor también muta con la misma rapidez: a veces es distancia inconmensurable y otras, un espacio tan ínfimo que apenas cabe una hoja de papel entre piel y piel. Ya sabe usted que suelo poner losas sobra mi corazón, pero la sangre caliente late y se escapa para formar ríos donde los pájaros cantan para nutrir el sol de mi exilio interior. De mis múltiples yos que vuelan por allí cada mañana cuando todos duermen he aprendido varias cosas: que mi vida es víspera de usted que brilla en el regreso de la tarde cuando viajo por el cielo gris del invierno hacia casa y empujo la puerta con la furia de mi día, dispuesta a deshacerla entre las alas que me asoman debajo del abrigo. Ya sabe usted que, a veces, voy por su amor tomada de la mano y que, en otras, los pobres corazones de la infancia me asaltan y me quiebran los tobillos para que ni siquiera pueda acercarme al fuego que deseamos contra el frío. Es que en estos días afuera rugen las panteras y tiran tarascones desde el lado derecho con sus ojos de espantos amarillos y eso asusta, Oliverio, a usted, a mí y a cualquier otro, incluso a aquellos que eligieron que las jaulas estuvieran abiertas y esto fuera una selva. Mucho hace que no le escribía, pero quiero que sepa que, en mi silencio, yo sigo yendo por su amor, por su mano abierta, que le ordeno a mis nubes que se alejen y mis alas inunden su corazón de estrellas y cristales de colores. Ya sabe usted que los jabalíes comen de mis manos y veo pastar las liebres a mi costado porque en sus brazos, cuando logro posarme, conozco mi oscuridad y el abrigo de su sol, la bondad y la belleza que son los únicos juicios posibles para entender la realidad y si, a veces, desestoy es solo para regresar volando a protegreme en el nido que me ofrecen sus brazos. Nada está más cerca de mis huesos que usted, Oliverio. Y lo sabe. Las golondrinas del mar volverán esta primavera y le haremos un nido con palabras, números y argamasa que se fundirán en el temblor preciso del calor.
Con ternura, que es la seda con que se cubre el amor
Marie Luise

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