jueves, 13 de octubre de 2016

Panadero

Renacen los panes que habíamos perdido en no sé ya qué mesa en que las palabras había levado de manera imperfecta y defectuosa. Un poco más o menos de sal arruinó la cosecha y no había manera de que el cuchillo entrara en la materia para sanarla un poco. Entonces vi tus manos en el plato , mover con sutileza las harinas, esperar el instante en que el vapor consume la humedad en fragancia. Viniste con tu luz encerrada en una linterna pequeñita a ver cómo iba todo en ese calor que era un mundo entero. Y yo quería hablar, porque los verbos me alivian el sustento; pero había silencio y la harina levaba su carne de pureza dormida. El tiempo: ese brujo que teje o que desteje y que iba cosiendo tus panes y mi boca, esto que era la casa en que habíamos resuelto que vivíamos: una pequeña capa crocante por arriba y una miga suavísima, de granos diminutos donde el mundo movía su rito hospitalario. Un colibrí volaba de tus ojos al cielo y volvía a traerme un tendal de abrazos que yo iba enjuagando y colgaba al sol mientras tu pan crecía. Después tendí la mesa para que pudiésemos besarnos, que era lo que tanto queríamos y nos reímos frescos: corría la mañana con sus brisas de horno perfumado. El animal deseoso nos bordeaba los cuerpos que iban descubriendo las rutas que allí estaban: desde siempre, desde el día en que se rozaron un lejano enero. Cortaste el pan y lo fuimos comiendo en un giro infinito: esa dicha perfecta del que da de comer y el que agradece, panadero. 

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