sábado, 10 de diciembre de 2016

Una media corrida

La invité a tomar el té. Correspondía.
Vino puntual. A las 17.  Ni un minuto antes ni uno después, tocó el timbre y acá estamos, sentadas en sillones de terciopelo, a uno y otro lado de la mesa vidriada repleta de comida que nadie toca y que, con el correr de los minutos, va ajándose justo a la altura de nuestras rodillas.
Hablamos de cosas intrascendentes: la humedad, el clima, los viajes de verano. Ella tiene corrida la media. Sabe que la he visto porque intenta bajarse la falda demasiado corta que se ha puesto para impresionar no sé a quién. Acá estamos ella y yo; y a mí no me conmueven, especialmente, los muslos cortos y gruesos de mi invitada a tomar el té. Pero no puedo quitar los ojos de su media corrida: un agujero imperceptible arriba de la rótula que se pierde en una carrera hasta desaparecer debajo de la falda color marfil.
Ella y yo sabemos por qué estamos tomando el té, acá, esta tarde de viento que ha comenzado a ponerse gris.
Ahora intenta ocultar la corrida hablándome sin cesar de sus hijos y cruzando la pierna izquierda sobre el agujero. Algunas mujeres exhiben a sus hijos como trofeos: los únicos logros que supieron conseguir, como si la función biológica para que la que están preparadas fuera un milagro de su voluntad y su inteligencia -otras, sin embargo,  lo hacen con sus hombres-. Yo no hablo del mío. Existe, pero forma parte de mi intimidad, lo resguardo hasta de mis palabras: sobre todo de ellas.
Ella no deja de hablar de sus joyas. Sabe que cuando ya no tenga otra perfección para alabar en los infantes, la jugada quedará de mi lado y no serán los hijos el asunto que debamos abordar. Justamente no. Compadezco a las criaturas que viven con la obligación de ser tema de orgullo para mujeres así. 
Ella tiene la media corrida; yo, hace rato, tengo corrida la existencia así que la paciencia es una de las virtudes que he sabido regar bien.  Por lo demás, la he recibido con unos jeans descosidos y unas zapatillas gastadas, un disfraz tan efectivo como su corta falda marfil y su blusa de seda con volados que abultan su pecho de paloma buchona; como si quisiera demostrar su opulencia frente a mi exigua carnalidad. Y a la volantería le ha agregado un collar. Los aborrezco. Corresponden a personas que desean un dueño que las saque a pasear.
Parece que los niños son prolíficos en monerías porque la sarta de anécdotas infantiles con las que logra llenar el silencio no deja de proliferar. Por momentos no logro verla con claridad y debo abrirme paso en una maraña de palabras como quien anda a ciegas en una selva tupida a sabiendas de que solo se trata de una mera escenografía de cartón.
Le ofrezco otra taza de té. 
Siento mi fiera agazapada, el monstruo con el que convivo a diario e intento domesticar. Sé que, en poco segundos, le saltaré a la yugular y clavaré mis palabras en su cuello, una y otra vez, hasta que su blusa se tiña de rencor. Sé que mi monstruo, ese que soy yo cuando no sirvo té, la atacará sin piedad comenzando por su media corrida, por su agujero de nylon -un orificio mínimo comparado con el mío interior-, por su falda que no me impresiona, por su discurso de madre justificando su existencia, sobre un plato de masas, con unos hijos perfectos y sin hilachas. Sé que el monstruo informe que yo soy la espantará -porque me espanta a mí misma en todos los instantes en que no sirvo té- y que querrá huir por el sendero, debajo de los árboles, con su media corrida y su alma empozoñada de maldades porque ella -sentada a mi mesa ahora con la taza en una mano y el plato en la otra- quiso ser mala, pero desconocía mi monstruo que habla como si en vez de lengua tuviera una pústula infectada de odio para desparramar. 
Pobrecita, pienso mirando su media corrida, me levanto, voy a mi cuarto y, antes de empezar a asesinarla con mis palabras, le traigo un par de medias para que su cadáver luzca presentable cuando sus hijos la pasen a buscar. 

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