sábado, 12 de agosto de 2017

Un domingo de fiesta

Una boca se ríe junto al destello en sombra del reloj.
Y dice, a carcajadas,
que el agua clara se perfuma de a ratos,
con zozobra,
con un miedo a desiertos salvajes que repiten que no.
Después la mano buscará el borde sin fin de la mañana
y se abrirá al vientre bondadoso
de los que traen el deseo del alba,
de otro mundo,
de un apretado cúmulo de voces con que partir de nuevo.
Porque es eso y ninguna otra cosa la lluvia que humedece el pacto del amor
que sopla sin mirar:
viento y semilla que cae para todos los que tienen tan limpias las pupilas
que lo comprenden
y se esfuerzan por ver
dónde le duele al otro
para aliviar con sus alas de gasa
la herida que rompieron las hordas
que todo lo quemaron,
que todo lo robaron,
que todo lo llevaron a desaparecer.
Y se desplaza el sol entre esos dedos:
que el amor no está roto y se viste de fiesta para poder volver.

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