Debajo de la sombra

Abajo de la sombra de mis muertos estaba Santiago.
Pobrecito, flotaba en el río con su fulgor y sus ropas celestes.
Flotaba.
Y las bestias querían
que no pudiésemos ver,
que olvidáramos el brillo que nos iba reuniendo,
que nos callásemos mientras ellos pegaban la muerte con saliva.
Pero los peces gritaron con sus bocas de plata:
"Está acá,
entre estas piedras,
con estas algas,
sobre estas ramas
debajo de estas aguas."
Pobrecito, Santiago que flotaba en la noche.
Fosforescente noche de todas las desgracias
que fue llevando a Sergio,
de pie,
siempre de pie,
navegando la noche más oscura del mundo,
hasta el mapa sin fin de los dibujos que ese cuerpo tenía.
Para que el miedo vuele,
nosotros,
que no somos hermanos, ni madre ni siquiera amigos,
tan solo compatriotas que les dijimos que no a los silencios y preguntamos sin cansancio y sin fin,
nosotros,
fuimos prendiendo velas,
pequeñas lucecitas,
temblores de nuestros corazones ,
alucinadas llamas que buscan el abrazo,
memorias que teníamos de antes, hechas de luces todas,
nosotros hicimos el resguardo.
No estarán nunca solos:
abajo de la sombra de nuestros muertos todos
hay una parra enorme en que canta la vida
que, en esta tierra, se teje de verdad y justicia,
siempre,
pese a todas las fieras,
pese a todas las bocas que conserva el terror para llamarnos,
pese a toda la sangre que seguimos pagando,
pese a todos los ciegos que miran sin mirarse,
pese a todos los cuerpos que seguimos juntando
para llevarlos abajo de esa sombra
y cantarles
que no los olvidamos,
que no perdonaremos,
que seguimos viviendo.

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