La historia de cartón

Era invierno.
Subimos al colectivo y nos fuimos al asiento de atrás. Allí estaba: detrás del último individual, para que alguien la viera.
Y nosotros la vimos.
No solo, nos bajamos a la parada siguiente con ella y nos fuimos a un bar.
Atardecía con un cielo violeta glacial.
Estaba repleta de fotos: todas con un rostro (quisimos pensar que siempre era el mismo) cortado, postales de Italia sin fechar, unos recortes de las noticias sociales de un periódico de un pueblo de provincia y páginas de un cuaderno cuadriculado escritas con una caligrafía regular en tinta que se había corrido con la humedad.
Los meses siguientes se nos fueron en desparramar todo sobre la mesa donde preparábamos Gramática española I  y en tejer una sintaxis desenfrenada en la que, un día, una mujer despechada asesinaba a un italiano que la había traicionado casándose con otra; y, al otro, un hombre nunca regresaba a buscar a su esposa porque había elegido quedarse en la Argentina.
La maleta nos ocupó muchos meses: anotábamos las líneas narrativas en una libreta a la que llamábamos "La historia de cartón" y habíamos identificado núcleos narrativos que numerábamos y corríamos de una historia a otra con libertad. Había algunos escritos con marcadores violetas (los delictivos), con rojo (los pasionales), con verde (los italianos).
Cada encuentro gramatical empezaba y terminaba con el contenido de la maleta.
Yo no lograba diferenciar fonética y fonología, pero podía distinguir cada núcleo, recordar cada nombre asignado a los personajes y cada combinación.
Un día nos dimos cuenta que si queríamos aprobar el final mejor que nos concentráramos en Hejmslev y Coseriu. Así que nos subimos a la misma línea y, como una ofrenda, dejamos nuestra maleta en el mismo espacio en que la habíamos hallado y nos pusimos a estudiar con dedicación.
Kovacci, por supuesto, lo primero que me preguntó fue la diferencia entre fono y fonema. 
No la supe, pero aprobé el examen con un nueve. 

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